La paz mundial

Outlet de vino

Fresy Cool, la erótica de la cultura

Cientos de estados de facebook, varios  tweets por minuto, uno o dos posts al día… Nunca antes los escritores habían estado tan expuestos como ahora, y sus referencias y obsesiones tan al descubierto antes incluso de publicar su primera novela. El escritor novel no surge, como ocurría antes, de una nada indescifrable, sino que posee un pasado archivado y abierto a consulta. Un camino a la madurez que se hace en público (y no sólo en Público). La consecuencia directa de esta sobreexposición es, en cierta medida, la inevitable: tampoco nunca había existido un lector tan paternalista y prejuicioso como el actual, con una rara habilidad para criticar, a veces con ingenio, el etiquetado mientras etiqueta, o abominar de lo cool acodado en la barra del garito de moda.

Fresy Cool es, como adelantábamos, la primera novela de Antonio J. Rodríguez, otro hombre con pasado cuya obra está, ya desde la casilla de salida, condenada a ser juzgada a la ligera. Porque Rodríguez es, a estas alturas, más Ibrahím que Rodríguez, más personaje que autor, gracias a su blog, gracias a eso que algunos llaman el autobombo de las redes sociales, y la prerrogativa de pertenecer a la crema de la escena madrileña, y encima, malasañera, si es que tal cosa existe y constituye un privilegio. Yo nunca he sido habitual de su blog y, sin embargo, antes de que su libro cayera en mis manos ya había oído hablar mucho de él, casi siempre con condescendencia o, por lo menos, con suspicacia. Nuevamente sus mayores detractores son los mismos que nunca comprarán, ni siquiera leerán, la novela, como los mayores escandalizados con A Serbian Film fueron aquellos que no estaban dispuestos a verla ni atados de pies y manos… tal vez Rodríguez sea a la cultura lo que Spasojevic a la provocación: un entusiasta, y en última instancia, un esteta con complejo de culpa. Todo lo dicho hasta ahora debería ser razón suficiente para brindar a Fresy Cool toda la atención que merece cualquier acercamiento que un autor de tan joven edad haga a un género tan complicado como es la novela. Sí, esta última frase suena también bastante paternalista y condescendiente… perdón, se me ha escapado.

Recién terminada y aún asimilada sólo en parte –aprecio las digestiones lentas-, no tengo claro si Fresy Cool es o no una gran novela, o quizá sólo un ejercicio más o menos apañado, pero he de reconocer que he disfrutado bastante con su lectura. Ya Exhumación, escrita junto a Luna Miguel y publicada por Alpha Mini, me pareció curiosa y prometedora, aunque su aproximación a la cultura del clubbing desde la óptica de una adolescencia hedonista y mitómana, obsesionada por el erotismo inherente a lo maldito,  resultara más abigarrada y difusa que esclarecedora, y acabara sabiendo a poco (normal, por otra parte, siendo una novela corta…). Tal vez su objetivo fuera únicamente ese: provocar y aportar un poco de confusión dentro del orden, o como he leído en algún blog o alguna solapa, no recuerdo bien, “la búsqueda de lo profundo en lo superficial”. Ahora, esta nueva novela son las dos tazas de caldo que estaba esperando para decidir si Antonio J. Rodríguez es o no un autor a seguir o al que merezca la pena regresar. La propuesta es igualmente excesiva, voluntariamente confusa y descaradamente exhibicionista, pero mucho más honesta dentro de su juego, de su lujuria bibliófila y culturalista, y capaz de proporcionar más luz sobre su estilo y ambición como escritor.

Rodríguez habla de las cosas que conoce bien: su relación con Lola Font (trasunto nada disimulado de Luna Miguel), el amor, el sexo, Malasaña, su aprendizaje como escritor, la búsqueda de eso tan complicado y ampuloso que es la esencia de la Literatura, y empapa su universo no ya del erotismo de lo maldito, sino de algo que podríamos llamar la erótica de la cultura. Lo hace impelido por una energía juvenil tan arrasadora que resulta imposible no encontrarla antipática. Hallamos aquí, tal vez, la clave: Fresy Cool es una obra francamente antipática, tanto o más de lo que parece. Aunque, ojo, es también una novela que exhibe su antipatía a pecho desnudo, lo que al mismo tiempo la hace más poderosa… Rodríguez parece hacer bandera de las mismas cosas que sus haters de Internet le reprochan, y los provoca constantemente con bromas privadas, bravuconerías varias y egotrips fatuamente gratuitos. Todo esto sería inútil si no formara parte del juego que propone como autor, y en el que a veces es divertido y enriquecedor perderse. No me malinterpreten: hay muchas cosas en Fresy Cool que encuentro insensatas, fallidas, incluso irritantes. Pero también hay hallazgos. Para ser sinceros, me ha pasado lo último que esperaba: de empezar a leerla casi como chiste, o más bien como provocación, yo, que me creía libre de lazos modelnos, he llegado a conectar bastante bien con el autor de Fresy Cool. Porque sus ralladas y sus chascarrillos consiguen transmitir que tras el chaval que se jacta constantemente de sus hazañas sexuales y su dominio del lenguaje, hay un hombre con miedo- y no sólo con pasado-, perpetuamente asombrado por lo que le rodea y en continua búsqueda por una cierta pureza en el marasmo de lo moderno. Al hipster patrio, en definitiva, también le carga un poco eso de ser diferente, y de ahí su obsesión por disfrazar con metáforas epatantes una realidad rutinaria. En esta línea, la descripción de sus primeros encuentros con Lola/Luna, sus primeras fiestas y trapicheos con la marihuana, están  descritos con una ternura genuina, emocionante y cómplice, que contrasta con la aridez y la repetición de otros pasajes.

Es difícil determinar hasta qué punto Rodríguez se toma en serio a sí mismo (o al menos tan en serio como parece a veces), y cuánto de humor subterráneo hay en su peripecia. Me atrevería a decir, incluso, que puede que no exista ironía en absoluto. No pasaría nada, porque una obra como esta es ante todo una experiencia abierta y el lector tiene que poner de su parte para comprenderla y dotarla de sentido a medida que avanza. Esta interactividad la hace, por descontado, mucho más interesante, y relativiza sus defectos, obviedades y reiteraciones. A mí me parece que tanto Luna como Rodríguez son cada vez mejores cronistas de su tiempo y que su chulesca autosuficiencia va ganando en aristas y claroscuros. Dudo si ganarán o perderán con el tiempo, porque es precisamente esa juventud que algunos medios modernos tildaron en su día de insultante lo que representa su mayor lastre y, al tiempo, el más evidente de sus atractivos, pero lo que tengo claro es lo vano que resulta compararlos con juglares de tiempos remotos (no hay beatniks en Malasaña tanto como que el Charada no es el CGCB), porque evidentemente los que vivimos aquí y ahora son muy otros, y precisan de otros enfoques, mitos y texturas –eso ya nos lo decía Midnight in Paris. Y yo he llegado aquí citando una película que ni siquiera me entusiasma, así que es el momento de dar por terminada esta pequeña reseña. Resumiendo: me leeré con mucho gusto la segunda novela del señor Ibrahím.