Amarna en tiempos revueltos

No es fácil ser Amarna Miller. No es fácil ser la única cabeza visible del feminismo pro-sex en unos tiempos revueltos en los que prima todo lo contrario: la vuelta a la censura, a la intolerancia, al cierre de miras y al etiquetado sistemático. No es fácil defender la libertad de elección cuando el feminismo actual ha virado a conservador y victimista, cuando se considera a la mujer poco menos que una marioneta incapaz de tomar decisiones por sí misma y de ser coherente con sus ideas y decisiones, que en teoría siempre tienen que estar marcadas y pautadas, consciente o inconscientemente, por los hombres, según las tesis de Barbijaputa o Mabel Lozano. No es fácil defender tu postura como trabajadora sexual cuando el propio feminismo nos quiere convencer de que todo lo relacionado con ello, sin ninguna excepción, tiene que ver con la explotación y con el engaño. No es fácil ser Amarna Miller cuando la máxima representante del feminismo popular actual confunde alegremente el maltrato con el BDSM e insiste que toda mujer que se somete motu proprio y por su propia voluntad al rol de víctima en un juego sexual concensuado por ambas parte está aceptando no sólo su propia humillación frente al hombre, sino promoviendo e incitando la humillación colectiva de todas sus compañeras. No es fácil ser Amarna Miller en tiempos en los que lo políticamente incorrecto y la coacción de libertades vuelven a ser nuestro pan de cada día.

Pero gracias a todos los santos que tenemos a Amarna Miller y estamos muy orgullosos de ella. Muchas veces es nuestro único escape frente al alud diario de opiniones contrarias, que consideran la disonancia y el no estar de acuerdo como un atentado directo a su libertad personal. Incluso alguien como el que subscribe estas líneas, que nunca ha disfrutado especialmente con la pornografía, la considera imprescindible para combatir las ideas de esa antiguo feminismo rancio que muchas y muchos preconizan como moderno, y que no es más que una actualización postmoderna de las rancias ideas de una McKinnon o una Dworkin, que es lo mismo que decir el feminismo antiporno y antiprostitución de la era de Thatcher y Reagan, que es lo mismo que decir la negación del feminismo en sí mismo. En estos tiempos revueltos, Amarna Miller no es sólo nuestra Sasha Grey, sino también nuestra Nina Hartley, nuestra Veronica Hart, nuestra Sharon Mitchell portátil. Su discurso no tiene la produndidad de Linda Williams ni la provocación de Annie Sprinkle, ni falta que le hace: en un  momento como el que vivimos, el simple hecho de que Amarna defienda la pornografía ya resulta contracultural. Nuestra firme y digna representante de las ideas del Club 90, aquella iniciativa que, años ha, comenzó a defender el feminismo en boca de las mujeres que trabajan en el mundo del sexo. Y hay que entender que en lado opuesto no sólo patalea ese feminismo rancio, latiendo en cada post de Internet día sí y día también, sino que apenas existen posturas rotundas y documentada que se atrevan a plantar cara a la furiosa mayoría y que cualquier hombre que se atreva a rebatir el punto de vista mayoritario es acusado directamente de machista, y cualquier mujer que haga lo propio, de ignorante y aliada del heteropatriarcado. Y eso pasa a pesar de los esfuerzos de una editorial como Melusina por darnos a conocer la obra de Itziar Ziga o de Virginie Despentes, cuya Teoría King Kong, no deja de ser una versión descafeinada y popular de las teorías de Camille Paglia, cuyos libros más importantes han quedado descatalogados, y los últimos ni siquiera han sido editados ni traducidos. Difícil entender o considerar la posibilidad de un porno feminista con esa flagrante ausencia de información. Muchos os preguntaréis cómo alguien que no se considera espectador habitual de porno, sabe unas cuantas cosas sobre la industria. La respuesta es tan simple como desconcertante: me aburre ver porno, pero me excita hasta límites insospechados hablar, discutir y leer sobre él mismo, y especialmente me excita hablar sobre la siempre complicada relación entre porno y feminismo.

Amarna, en esta coyuntura, juega a contracorriente y con desventaja, y ella lo sabe, pero no le importa. También es cierto que su tierna y adorable juventud no juega precisamente a su favor, ni su pretensión, a veces chocante, a veces inconsciente, de mostrar un porno de piruleta que niega los claroscuros que indudablemente posee el negocio. Es cierto que aquel spot del Festival de Barcelona era tendencioso y casi grotesco, pero de alguna manera su actitud fue valiente e hizo que Amarna se posicionara no sólo dentro del espectro del feminismo, sino incluso políticamente. Lo que ayudó, qué duda cabe, a que le crecieran los enemigos como los enanitos del circo: o estabas con ella o contra ella. Y sí estabas en su bando directamente eras sospechoso directo de ser un machista o un defensor de la violación como forma de comunicación entre especies.

En estos días recientes, a raíz de un desgraciado y aparatoso accidente que sufrió la actriz y su petición de una alta cantidad de dinero a través de un crowdfunding para asumir los gastos del mismo, se han desatados todos esos odios y antipatías que venían acumulándose en el sótano de las conciencias más inquietas, furibundas y rabiosas. Y Amarna se ha encontrado, posiblemente en uno de los peores momentos de su vida, que era diana perfecta de las feministas fundamentalistas y conservadoras de Twitter y de la condescendencia de medios tan imparciales como OK Diario. Pese a no compartirla ni por asomo, respeto la posición de estas feministas de la otra orilla, pero no respeto su crueldad y beligerancia. No respeto su intención de hacer de leña del árbol caído en su hora maldita. No respeto su voluntad apasionada por atacar encarnizadamente al enemigo cuando se encuentra más débil e indefenso. Un crowdfunding no obliga a nadie a participar. Es simplemente alguien que pide dinero a sus seguidores porque lo necesita, bien para montar su imprenta, un panel solar, una carpa de circo o en estas casos para cubrir los gastos de una operación compleja. Vamos, que Amarna no está pedir dinero para sufragar los gastos de un grupo feminista guerrillero, lo que tampoco vendría mal, sino por su propia salud. Cargar contra el que pide es exactamente igual que morder la mano del mendigo que nos tiende la mano rogando ayuda o que apalearlo de noche, a las puertas de su cajero o su puente de turno, bajo la máscara la noche o el anonimato de internet, lo mismo da. ¿Un ejemplo algo exagerado? Ni mucho menos. Menos tratándose de una persona que ha estado a punto de perder de la vida y pide públicamente la ayuda de sus afines, no de sus enemigos. En resumen, un lamentable y muy peligroso disparate.

Por todas estas razones, el linchamiento a Amarna Miller en las redes sociales es otro más del cúmulo de despropósitos neofascistas que sumar a estos días de censura y libertad de expresión mal entendida. Y por eso desde la Paz Mundial consideramos a Amarna como alguien imprescindible, ahora más que nunca. Cuando folla ante las cámaras, desde luego. Pero cuando habla, en su nombre o en el de otros tantos que piensan como ella, mucho más. Necesitamos su rápida recuperación para que continúe incendiando las redes, las conciencias y las salitas de estar de las casas respetables, que aún se avergüenzan de su trastienda y de lo que hay detrás de su careta como en los tiempos del franquismo.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

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