Anda, dame un “megusta”: Please like me

De vez en cuando veía la imagen de cabecera de Please like me al iniciar mi sesión de Netflix: el plano medio de un chico de aspecto aniñado, muy rubio, vestido con un jersey azul pastel. Ya había prejuzgado la serie, pensando que sería una sitcom clásica protagonizada por un personaje parecido a Sheldon Cooper, o tal vez una serie sobre bodas hipsters o sobre un grupo de jóvenes cursis que preparan fiestas para ganarse la vida. Recuerdo darle al play con duda y escepticismo, mucho escepticismo. La primera secuencia es la de Josh Thomas –el creador, protagonista, productor y director de la serie– hablando en off, con una voz aguda pero bonita, con unos pocos gallos que te hacen sonreír, mientras una camarera prepara un gigantesco helado en un restaurante diáfano, con una gran terraza. Josh se queja de su cara (lo hará durante las cuatro temporadas) porque tiene veinte años y nunca va a estar mejor que ahora, porque no ha tenido suerte con su cara y encima a partir de ahí todo será el declive. Se queja de su mala suerte, y también de que sabe que su queja es un problema del primer mundo, se pregunta por qué si sabe que sus circunstancias son tan buenas, no puede evitar obsesionarse. El helado llega a la mesa,  una copa gigantesca de diez bolas con una guinda encima y una salsera con chocolate caliente, hace un día soleado y vemos que está sentado frente una chica muy joven, guapa, con el pelo largo y casi rubio que lo escucha muy seria en silencio. De pronto esa chica le dice: «Josh, creo que deberíamos romper porque nos hemos distanciado y porque eres gay, seguramente eres gay». Josh trata de enfadarse o al menos disgustarse, y lo niega, de forma muy poco convincente. Entonces empieza la música de cabecera mientras él compra comfort food en un supermercado. Esa será la dinámica de la intro en todos los episodios, la música, –el principio de la pegadiza canción I’ll be fine de Clairy Browne & the Bangin’ Rackettes, mientras Josh cocina o hace algo relacionado con la comida (le encanta cocinar tanto en la vida real como en la serie) y baila un poco, como si estuviese escuchando la canción contigo.

Josh Thomas es un cómico de stand up australiano muy reconocido en su país. Es públicamente gay, ateo y escéptico (crítico con la homeopatía, la medicina alternativa y la superstición en general) y activista por la visibilización de la salud mental de la población gay. Please like me duró cuatro temporadas, 32 episodios, y el propio Thomas decidió dar fin a la serie en diciembre de 2016 para dedicarse a otros proyectos.

La serie estaba firmada con la productora antes de que él saliese del armario, y tuvieron que cambiar el argumento de imprevisto, según el propio Thomas, en la reunión más tensa que tuvo en su vida. Decidieron seguir adelante con la misma idea, solo que en vez de mujeres, él saldría con hombres. Josh en la ficción estudia la carrera de empresariales (aunque este aspecto jamás se ve en la pantalla), sus padres están separados y su madre, Rose, es bipolar con tendencias suicidas. Vive con Tom (interpretado por Thomas Ward, el mejor amigo de Josh Thomas en la vida real), un compañero de piso lacónico, un poco deadpan, tan de moda desde George Michael en Arrested Development y April Ludgate en Parks and Recreations, y, según ellos, de sobredimensionadas mejillas, en un piso propiedad de su padre, Alan, que ha empezado a salir con Mae, una mujer tailandesa a quien conoció en un avión.  La serie cuenta las historias de todos ellos y de unos pocos y muy buenos secundarios que cambian a lo largo de las temporadas.

Josh Thomas es uno de esos actores que eclipsan todo lo que comparte escena con él, por un lado por su físico, que sin destacar por nada resulta extraño, quizás, como él mismo advierte en el primer capítulo a modo de excusa non petita, porque parece un bebé anciano, un Benjamin Button en su peor momento, o porque camina con los brazos muy pegados al cuerpo –como diría Jerry Seinfeld, como si cargara siempre dos grandes maletas invisibles–, o porque su piel es un 90% elástica, según su novio de la tercera temporada; pero principalmente te atrapa por la forma en la que ve las cosas y la mirada que le otorga a sus compañeros de reparto y de ficción. Josh es un poco neurótico, como casi todo buen comediante, pero no tanto como para que no sea una persona normal; cuando empieza a salir con Arnold, –muy bien interpretado por el cantautor australiano Keegan Joyce–, que tiene una enfermedad mental, le pregunta: «¿Josh, tú estás loco como tu madre?» y él responde: “Bueno, loco normal, no loco de verdad como vosotros”, y esa quizás es una buena definición: Josh no es siempre correcto socialmente, es ligeramente más honesto con la vida y con los demás de lo que la sociedad espera, también un poco más autoconsciente y pesimista; pero no llega a caerse, está siempre en el precario equilibrio mental en el que vive la mayoría de la gente, y no lo oculta, no lo niega y ni siquiera trata de disimularlo, y eso es lo que me atrae de esta serie sobre otras comedias actuales: la naturalidad con la que enfrenta el desastre.

 

Otro asunto que está muy bien tratado en la serie es el de las relaciones de pareja, haciendo especial hincapié en cómo aborda las relaciones homosexuales. Una de las cosas más difíciles de sostener a largo plazo en una comedia es una relación estable porque obliga a crear un montón de situaciones cotidianas entre los mismos dos personajes, también porque elimina el siempre recurrente mundo del ligue y porque, a menos que sean dos protagonistas, es difícil que un secundario, o incluso un personaje hasta entonces desconocido, guste al público de la misma forma que el elenco principal. Josh tiene tres novios a lo largo de la serie, y Tom tiene otras tantas parejas, y todas ellas resultan sinceras, complicadas y a la vez sencillas, no parecen excitantes todo el tiempo ni aburridas tampoco, simplemente son creíbles. De la misma forma, son creíbles también las relaciones de Josh con sus padres, que exploran la dificultad y el roce intergeneracional sin dramatizar ni sacar de quicio esa fricción en ningún momento.

Please like me es una comedia que ha sabido captar a la gente joven de la época actual, la complicación de ser muchas cosas hoy en día, de ser mujer, de ser una persona depresiva,  homosexual, o sencillamente de ser complicado o feo o demasiado sensible, la complicación de existir en general. Trata temas como el feminismo y también la discusión sobre el feminismo en la cultura popular, visibiliza de una forma muy honesta, sin ser excesivamente explícita, las relaciones sexuales entre gays, trata como temas centrales la excesiva autoconciencia y la ansiedad social, todos ellos temas universales pero no tan visibles en otros formatos como pudiera parecer.

Tiene varias cosas que criticar, la primera y más obvia la falta de diversidad, porque además de representar realidades exclusivas a la clase media-alta; salvo Mae, posteriormente Grace, la medio hermana de Josh, y algún secundario, es una serie eminentemente blanca, y ya dentro de la ficción, a veces fallan las tramas de la madre, sobre todo a partir de la segunda temporada, son exageradas y rompen con el ritmo de algunos episodios. Y perdonándole esto, hay que conocer a Josh, escucharlo, escuchar cómo se enfrenta a las cosas, cómo se nota que quiere gustar a los demás y no sabe hacerlo, y también cómo a los otros, que acaban siendo un reflejo del espectador, les encanta Josh sin saber exactamente por qué, probablemente porque es buena persona sin que sus gestos o sus actitudes sean los que generalmente se asocian a las buenas personas, que su humor sea ácido pero no pretenda herir a nadie ni sacrifique a ningún personaje por un buen chiste. Hay que conocer a Josh porque desde que las comedias dejaron de provocar carcajadas, al menos deberíamos exigirles que, al terminar un capítulo, te apetezca tomar una copa con los protagonistas.

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