Compañía en alta mar: inmersión en el vórtice del teatro alternativo

Como decía el otro día el gran Alberto López por Facebook, existe una mayoría silenciosa que no acude a ver microteatros. Con todo, si vives en Madrid, tienes unos pocos o unos cuantos amigos en faranduleo y no te gusta encontrarte la bandeja de entrada a rebosar de mensajes y veladas amenazas, sabes que tarde o temprano te toca un paseo por los microteatros. Incluso puede que no te arrepientas.

Mi periplo comenzó el jueves a medianoche, en la clásica calle Loreto y Chicote, a la que acudí para ver el micro que ha escrito mi amiga Isabel Morán, exultante en su breve cameo de “El cielo en el infierno” (ver en Filmin) y protagonizado junto a Javier Hernández, y dirigido por Marina Muñoz. Me interesaba comprobar en primera filas las cosas sobre las que Isa se sentaba a escribir después de sus maratonianos días de trabajo. Ambos actores se defienden muy bien en sus respectivos roles, aunque la química entre ambos sea justita: un problema menor cuando la obra va de amores no confesados que se enquistan, incomunicación en la era de la sobrecomunicación y secretos desvelados durante meriendas. Isa tiene encanto, ingenio, ternura y carisma. La obra me gustó, pese a ser un microteatro, y me gustó como te puede gustar un corto o una breve conversación por Whatsapp. A la salida pensé en que tenía que volver a quedar más veces con Isa, no sólo para deleitarme con sus sonrisas, mohínes y sus gigantescos ojos abiertos como paraguas, sino simplemente para zambullirme un poco más en los devaneos de su cabeza. Entre nosotros, puede ser que también existiera otro tipo de incomunicación hibernada, una prosa poética entre líneas, viñetas y párrafos que se me había escapado, y yo iba tan tranquilo por las calles sin darme cuenta ni prestarle la menos atención. La velocidad, la incomunicación, el desconcierto.

Al día siguiente, más bien noche, acudo al Teatro de las Aguas para disfrutar de una obra marítima, “Compañía en alta mar”. Estoy un buen rato haciendo tiempo y entreteniéndome con los carteles de las últimas obras estrenadas: Silvia Gambino, Malena Gracia, Lara de Miguel… Un afortunado chiste de El Informal decía que los programas cuando morían iban a Canal Siete. Supongo que cuando le gente de la tele deja de de aparecer en la tele va al Teatro de las Aguas y aprenden una cierta noción de supervivencia, o mejor, de resistencia.  Fernando Ramallo estuvo a punto de salir en uno de mis últimos guiones, Call TV, se portó con nosotros fabulosamente y desde entonces tenemos muy buen rollo con él. Ramallo no sólo es uno de los protagonistas, sino que también escribe y dirige. Y consigue entretenerte y hacer que te lo pases bien en poco más de una hora. Te deja con ganas de más, también.

De la mano de Compañía en alta mar, reconozco, pasé un rato muy agradable, pese a ser una persona de esas que raras veces se ríen en las películas y las obras de teatro. El buen rollo de los actores te contagia, y sus gags, sus juegos de palabras, sus enredos funcionan por encima de una escenografía un tanto pedestre. Y en el fondo, bajo las risas, late un sustrato de vitriolo, sin duda producto de las experiencias de su autor, que dice verdades como puños y llegar a sonar rencoroso ni malrrollero, y brilla especialmente en los monólogos de un inspirado Carlos Pulido. Sara Cobo dignifica con un encanto desarmante el papel de la pitufina dispersando la sana misoginia, o misantropía, que ya debía intuirse sobre el papel. Eloi Yebra borda ese papel de actor con mala suerte amorosa (esto es, tres meses sin follar, lo que vendrían a ser cinco años en la vida de un guionista o periodista) e Ismael Fritschi llena de energía desbordante la sala cada vez que aparece en escena. El Ramallo actor parece pasárselo pipa sirviendo de pegamento o de acicate entre tantos personajes en estado de ebullición, almas a la deriva víctimas de su tiempo, de su situación o las circunstancias. Supervivientes. Resistentes. Ramallo parece saber muy bien de lo que está hablando.

A la salida, esperé un poco más contemplando los viejos carteles -la función había ido bastante bien de público-, y pronto pude saludar a unos amables Carlos y Eloi aunque fue con Ismael quien empecé una conversación. Su cara y su cuerpo redondeado es de aquéllos que te suenan haber visto en mil y una partes. Y con razón. Fritschi pertenece a esa raza indómita de actores españoles de carácter que se han paseado a lo alto y ancho del cine español dejando huella en sus historias y sus compañeros, pero aun no en la memoria colectiva. Así lo comprobé cuando de buenas a primeras empezó a soltarme toda su filmografía como un listín telefónico, que concluía en el papel de Sancho Panza en la película de Terry Guilliam. ¡Qué bestia, el tío! Además, lo lleva -esto es, lo representa- mi amiguísima Lourdes Jurado, alta, guapa, rubia y mejor persona. Un gigante en un país con demasiado molinos con funciones diarias y copa gratis a la salida.

Justo enfrente del Teatro de las Aguas, hay un bar pinturero que tiene buena fama por sus deliciosas tostas, al que los actores acuden cada viernes para cerrar la noche, hasta que el propio bar decide también cerrar sus puertas dando por terminado el postespectáculo. Allí estuve compartiendo unas cañas con Sara Cobo -no exactamente: cada uno bebió de la suya- y comentando vivamente tejemanejes del backstage. Sara estaba cansada pero aún así resplandecía; de ahí su cualidad de musa activa y creadora, como Bárbara Lennie o Ariadna Gil. Porque sí, hay algo en la mirada de Sara que asusta, “aficciona” y engatusa. Encarna con absoluta convicción tanto el papel de novia perfecta del instituto como el del amor platónico que nunca te hará caso. En la película de mi vida siempre estaría siempre condenada a ser la novia de otro. Sara además, como casi todas las actrices, es tremendamente hiperactiva: no sólo actúa cuando puede o la dejan, sino que además estudia, da clases de monitora de montaña y trabaja en un restaurante. Me invitó a ir a probar su pizza, que es un buen plan para cualquier noche de nómadas madrileños.

Pronto se nos unieron Eloi, Ismael y el propio Fernando. Felicité con más calma a Fernando no tanto por haber descubierto sus cualidades como actor, sino por permitirme disfrutar con sus nada despreciables virtudes como guionista. Fernando había sido un referente en mi postadolescencia, gracias a películas como El corazón del guerrero o La buena vida, y ahí estábamos ahora tomando copas en esquinas recónditas del Madrid nocturna, iguales pero definitivamente diferentes. Hablamos de la carrera literaria de David Trueba, uno de mis temas predilectos; Fernando prefería Saber perder, mientras que Sara y yo éramos fans a muerte de Cuatro amigos. Y así, entre caña y tosta, la noche se precipitó sobre nosotros y nos dio la hora de irnos a casa, a continuar con la carrera de fondo. Quizá fuera ese el momento en el que confirmé que Madrid sería para siempre el paraíso perdido e incómodo de los supervivientes.

*Compañía en alta mar continúa representándose cada viernes en el Teatro de las Aguas. Hay buenas ofertas -y mejores reseñas- en la web de Atrápalo.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *