Detroit, o la redada interminable

Mi primera película de Kathryn Bigelow fue “Le llaman Bohdi” (1991). Yo por aquel entonces tenía tan sólo 12 añitos y, aunque ya adoraba el cine, todavía me quedaba un largo trecho por recorrer para que el séptimo arte se convirtiera en la mayor de mis pasiones. Recuerdo salir del cine queriendo ser como Keanu Reeves y obsesionado con los Tsunamis. Soñaba con morir joven entre los embistes de aquella ola de proporciones bíblicas ante la que se entregaba un Patrick Swayze, quien, de haberme conocido, se hubiera convertido seguro en mi amigo de sangre para toda la vida.

Cuatro años y cientos de películas más tarde, alquilé “Días Extraños” en el videoclub de mi barrio (¡bendito Shewack!) y me enamoré para siempre de aquella película y de la ultraterrestre Juliette Lewis. Creo que esa fue la primera vez que me sentí drogado de cine, que comprendí en su totalidad el significado del término psicodélico, y, sobre todo, la primera vez que indagué en la filmografía de Bigelow para averiguar qué más había dirigido, porque sentí un ansia incontrolable de verlo todo.

La atmósfera de “Días Extraños” permanece aún en mis entrañas, y siempre que la realizadora californiana estrena un nuevo trabajo, es un must see obligatorio para quien escribe estas líneas.

Detroit” sigue la estela del cine verista de Bigelow de los últimos años, quien tras “En Tierra Hostil” (2008) y “La Hora más Oscura” (2012), vuelve a ofrecernos otro particular retrato de una América plagada de claroscuros, relatándonos los sucesos ocurridos durante los disturbios raciales que sacudieron la ciudad de Detroit en julio de 1967.

Bigelow captura la urbe de Detroit como si fuera un personaje más, con un estilo reminiscente de la magnífica “Summer of Sam” (1999) de Spike Lee, mostrándonos unas calles convulsas en la que se respiran el caos, la paranoia colectiva y los compases de la Motown.

A partir de ahí, se nos presentan los personajes y la cinta no se toma demasiado tiempo en llegar al inciting incident y entrar en materia. Resulta complicado describir lo que ocurre a continuación sin spoilear demasiado, pero el modo en que Bigelow economiza el espacio es sencillamente prodigioso. El uso de close-ups en modo hand-held y la utilización de planos holandeses en momentos puntuales, crean una atmósfera de intranquilidad y desasosiego que recuerda al tono —que no a la forma— del asalto a la caravana del remake de «Las Colinas tienen ojos» (Alexandre Ajá, 2006), y que por instantes se vuelve insoportable en el mejor de los sentidos.

Will Poulter contribuye a dar credibilidad a una redada interminable y agónica cuyo único punto flaco es quizás un John Boyega demasiado contenido, quien no ha vuelto a enamorarme del todo desde “Attack The Block” (Joe Cornish, 2011). La capacidad de Bigelow para hacer que el espectador empatice con todos y cada uno de sus personajes, sea cual sea su naturaleza, se pone de manifiesto una vez más hasta que el desenlace de la trama toma el relevo. Y es precisamente ese tercer acto más convencional e inevitablemente predecible lo único que aleja al conjunto de la grandeza absoluta con mayúsculas.

Mientras sigo esperando un nuevo largometraje escapista de Bigelow, me conformo con estas deliciosas píldoras de cine sociopolítico.

 

Calificación: B+

Lo mejor: El dominio del espacio. Will Poulter.

Lo peor: Las concesiones de su tercer acto.

 

 

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