Entrevista a Carlos Atanes: “Si me descubrieran, ya no sería underground”

Ojalá estas líneas sirvieran de invitación al lector para introducirse en el delirante y tragicómico universo de Carlos Atanes. Les aseguro que no van a arrepentirse: ante sus ojos desfilarán las imágenes y los sonidos de un cineasta libre, que ha optado, o se ha visto obligado por coherencia personal, a desarrollar un discurso al margen de modas y tendencias efímeras y coyunturales. No nos quedemos, por favor, en el tópico de lo duro que resulta hacer fantástico en España, especialmente ciencia-ficción, especialmente en estos tiempos de penurias económicas lánguidas, amplificadas por lamentos uniformes y inútiles en al efervescencia de las redes sociales. Porque si esta máxima pudiera ser aplicable, más o menos, a las primeras películas de Atanes, las ya enigmáticas PROXIMA y FAQ, se queda coja ante el despligue que suponen sus realizaciones más recientes, donde sus obsesiones de siempre se barnizan con un delicioso eco libertario, humorístico, provocador y, sí, también tierno. Acaba de terminar su última película, la seminal GALLINO, THE CHICKEN SYSTEM, ya disponible en Amazon, y cualquiera con un poco de suelto en el bolsillo o en la cuenta corriente puede darse una vuelta por Filmin para darle una oportunidad al corpus completo de la que es sin duda una de las filmografías más bizarras que encontraréis en Internet, deepweb inclusive. Si son de Madrid, además, tienen la oportunidad de disfrutar además de sus cada vez más más frecuentes flirtreos con el teatro, que constituyen un apéndice imprescindible a su ya de por si rica obra cinematográfica.

A todos los que claman a los cuanto vientos que el cine español es lo de siempre, que apenas existen voces discordantes y rebeldes en un panorama presidido por la mansedumbre y el servilismo, les invito a conocer a Atanes. A todos los que afirman con rotundidad que eso del underground español es una falacia, no les vendría mal entrar en contacto con las películas de este mercenario extraterrestre, dislocado y encantador. No se sentirán defraudados. El cine también puede ser otra cosa, y ofrecernos distintos emociones y placeres, puros, oscuros y sin adulterar. Porque en el momento en que el cine alternativo deje de ser sinónimo de libertad, tampoco tendrá sentido que siga existiendo, pero, incluso en este momento, siempre nos quedará Atanes como un refugio cálido al que recurrir. Porque él seguirá ahí, dirigiendo sus maravillosas locuras a la sombra, valiente, entusiasta y… feliz.

Hace años que decidí dejar un poco de lado otras cosas y sumergirme en el mundo de Atanes. Y de momento, no tengo ninguna intención de salir a la superficie. ¿Alguien me acompaña por estos enfermizos callejones, al menos durante un rato, hasta el final de esta entrevista?

CARLOS ATANES VISTO POR JOAQUÍN ALDEGUER   

Las críticas que he leído hasta el momento sobre Gallino, the Chicken System coinciden en considerarte el rey del underground español. ¿Existe tal cosa? ¿Te consideras parte de una generación, víctima de la dictadura del gusto generalizado, o más bien un exiliado consciente del mainstream?

Estoy tan desubicado que ni siquiera me entero de lo que pasa ahí afuera. He desintegrado mis vínculos con el mundo del cine, mainstream y no mainstream. No por despecho, más bien por dejadez. Supongo que a lo largo de los años fui haciéndome consciente de que el cine (por lo menos en España) tenía muy poco que ver conmigo, tanto en la forma de hacerlo, como de entenderlo, como de festejarlo. Progresivamente he ido parapetándome más y más en mi propia fortaleza inexpugnable. Observo de vez en cuando desde las troneras los ires y venires del show business cinematográfico patrio y me parecen una cosa rarísima, marciana, muy ajena a mí. A veces algún despistado me escribe para pedirme consejo, o que le ponga en contacto con alguien del medio. Imaginan que, viviendo en Madrid, y después de tanto tiempo haciendo películas, tengo una agenda repleta de números de teléfono. Y siempre quedo fatal, porque parece que me lo esté quitando de encima al decirle la verdad. Soy como un náufrago. O como uno de esos tipos chiflados que se largan a vivir a una cabaña de troncos con un perro y un rifle. Sé que hay personas haciendo cosas estimables en este país, algunas con muy poco dinero, pero la desconexión entre nosotros es casi absoluta. A eso difícilmente se le puede llamar generación. En cualquier caso, que sea un exiliado consciente del mainstream no implica que lo sea voluntariamente. Por lo menos no lo fui en un inicio. Mi vocación no ha sido nunca huir del gran público. Para nada soy, usando la terminología de Escohotado, un enemigo del comercio. El día en que mis películas se sometan al juicio del público mayoritario sabré si soy víctima de su gusto o no. De momento no lo sé. Y no adelantaría conclusiones porque el público da muchas sorpresas. Me pasa con el teatro: también hago lo que me da la gana y sin embargo día a día descubro que los espectadores están más abiertos a mis excentricidades de lo que en un principio cabría suponer.

 Recientemente, con el fenómeno low cost, parece que está de moda reivindicar a los directores que sobrevivís haciendo cine en los márgenes del sistema y de la industria. De todas formas, tu caso es muy particular, ya que tu cine parece una asignatura pendiente incluso para los críticos más especializados. Es como si se negaran a descubrirte, algo que tendrá que pasar tarde o temprano. ¿No tienes la sensación de ser marginal incluso dentro de un underground que, en ciertos ámbitos, es incluso festivo, popular y festivalero?

No. Es que si me descubrieran ya no sería underground. A la que El País Cultural, por ejemplo, comienza a mencionar tu nombre ya eres un mainstream. Rico o pobre, pero mainstream. No hay otra definición de pertenencia a la cultura oficial. Cuando comenzaron a aparecer artículos y listas de cineastas low cost en la prensa hace unos meses me inquieté un poco. Pensé: caramba, qué medios de comunicación tan descorteses, tanto tiempo haciendo películas en la trinchera más enlodada y ahora, cuando el tema se pone de moda, saltan por encima de ella sin mirar hacia abajo. Pero luego he caído en la cuenta de que lo raro sería lo contrario. Si antes no me hacían caso, ¿por qué iban a hacérmelo ahora? Llevo una década rodando largometrajes low cost (y más de un cuarto de siglo haciendo todo tipo de cosas low cost) en la oscuridad mediática. Las hacía cuando la economía era bollante y mi insistencia resultaba incómoda porque ponía en evidencia que, ya entonces, el cine podía hacerse de otra manera, al margen de lo correcto (todos sabemos lo que es lo correcto, no voy a extenderme). A la cultura oficial no le favorecía dar cancha a gente como yo, tenía que hacer como que no existíamos. No dedicaba ni un solo minuto a dar cuenta de nuestra existencia. Luego ha llegado la crisis, los grifos del dinero público se han cerrado y el modelo oficial ha saltado por los aires. Esos mismos medios no hubieran dedicado hace tres años ni una sola línea a los cineastas que ahora proclaman poco menos que como relevo generacional. ¿Por qué ahora sí lo hacen? Porque lo que hay es lo que hay, si no hay pan buenas son tortas (no lo digo en demérito de esos cineastas, que merecen todo mi respeto) y si se nos cae un mainstream lo reponemos con otro, con uno que nos venga bien. El cine de supervivencia es perfecto a tales efectos, porque atestigua que si se hace así es porque no hay más remedio, ya que las circunstancias, por el momento, obligan. Esta forma de producción, “nueva”, surgida con, por y de la crisis, es producto de la contingencia. Pero ojo, sólo de la contingencia. Es mainstream desnutrido. Arropándola, la cultura oficial se cuelga una medallita (“¡Chicos, ánimo, somos colegas, estamos con vosotros!”) y se autolegitima (“Ahora no hay dinero, más tarde quién sabe; pero el modelo sigue vigente: nosotros decidimos qué formas de producción cultural corresponden a cada momento y vosotros hacéis el trabajo”). Lo último que van a hacer es reconocer que llevan veinte o treinta años equivocándose, dando pábulo al momio y la chorrada al tiempo que ninguneando sistemáticamente cualquier inconveniencia. Revindican el cine low cost (que, por cierto, lo único que tiene a veces de low cost es la etiqueta) con la misma simpatía pero también con el mismo fariseísmo con el que se le concede un Goya honorífico a Jess Franco a los setenta y ocho años.

Aleister Crowley es una referencia constante en toda tu obra, no sólo cinematográfica. Creo que su frase “Haz lo que quieras, será toda la Ley”, con la que inaugura la filosofía del Thelema, también podría servir de un adecuado resumen para describir tu trayectoria cinematográfica. Realmente da la impresión de que siempre has hecho lo que has querido, pero haciendo balance… ¿cuál es el precio que hay pagar?

Te pierdes un montón de cosas: se te impide involucrarte en proyectos que no te interesan, recibes menos invitaciones a eventos insustanciales, te relacionas con una cantidad menor de gente con la que no tienes nada que ver y tu círculo social disminuye drásticamente hasta verse reducido a un puñado de personas que simpatizan con lo que haces, que, no por casualidad, acostumbran a ser personas que a ti también te parecen valiosas. Cuando le pillas el tranquillo no es tan duro de sobrellevar.

 ¿Cómo describirías tu cine? ¿Y qué es lo más curioso, acertado o no, que han dicho sobre tus películas?

Las han clasificado como inclasificables. Que no parecen españolas, dicen por aquí. Los anglosajones usan mucho la palabra weird cuando hablan de ellas. Estaría encantado de hallar una definición satisfactoria de lo que hago porque eso me ayudaría a identificar mejor mi nicho de mercado. Pero soy completamente incapaz. Un portento del anti-marketing, vaya.

 

Algo que sorprende especialmente de tus películas es el recibimiento que tienen fuera de España, frente a la promoción prácticamente nula que tienen por aquí. ¿Crees que los festivales y los medios de comunicación españoles han perdido la capacidad de arriesgar, contentándose únicamente con tener “lo de siempre”? ¿En qué medida crees que han afectado las redes sociales o el fenómeno de los blogs a la difusión de tus películas?

Esa medida depende, a pesar de la naturaleza global de internet, del territorio físico. Fuera de España, mucho. Dentro, poco. Mucho fuera, hasta el punto de que a estas alturas ese soporte se ha hecho imprescindible y me resulta impensable desarrollar mi actividad al margen de internet. A mí y a muchos más, supongo. Pero en lo que me atañe personalmente sin las redes lo más seguro es que mis películas no existieran. Y dentro, como digo, poco. Vamos, poquísimo. El desinterés es equiparable al de los festivales, distribudores y medios españoles. No me preguntes por qué. Yo no lo sé. Desde luego que me parece obvio que los festivales y medios de comunicación españoles demuestran una atrofia severa en eso que llamas capacidad de arriesgar. Y un retraso clamoroso en comparación con, pongamos por caso, sus equivalentes anglosajones. Y eso no tiene nada que ver con el dinero. Es un problema de mentalidad, de actitud. A mí España es un país que me fascina, porque me genera un estupor permanente. Nunca entiendo nada de lo que pasa aquí. No sé por qué la gente hace lo que hace ni con qué fin. No sé por qué cuesta tanto que te respondan a un e-mail en España. No sé por qué las personas que toman decisiones están siempre desayunando o de viaje. No sé por qué se organizan unos premios de cine y se les pone el nombre de un pintor. No sé para qué plantan un “paseo de la fama” en una calle de Madrid si luego le ponen una estrella a todo el mundo menos a José Luis López Vázquez. Tengo muchas preguntas y casi ninguna respuesta. Por eso, como te decía antes, me siento fuera, muy ajeno. Como un observador atónito de otro planeta.

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 Casi todos los realizadores de bajo o medio presupuesto que entrevisto me dicen que sueñan con hacer al menos una película de gran presupuesto. Todos coinciden en hablar de la libertad que les permite la serie B, pero al mismo tiempo anhelan comprensiblemente la distribución y el presupuesto del cine convencional… ¿Cuál es tu caso? ¿Hasta qué punto estarías dispuesto a sacrificar la independencia y la libertad que tienes ahora? Lo digo sobre todo porque prácticamente tu cine se ha convertido en un género propio, con sus fieles, detractores y devotos incondicionales…

 ¿Sacrificar mi independencia, dices? Ni soñarlo. Qué pereza. Además, para qué. Ya hay un montón de gente por ahí haciendo eso mejor de lo que sabría hacerlo yo. Cineastas de raza que saben qué hacer con una grúa, que dibujan story-boards, que ruedan un cortometraje y luego suben a Facebook una colección de fotos de la cámara Red One con la que lo han grabado. Mi filosofía de vida, en cine, en teatro y en todo, es: déjame hacer mis cosas y no me toques los cojones. Mi independencia no es negociable. Al contrario: quiero más. Ahora bien, si alguien quiere invertir su fortuna en mí porque le gusta lo que hago bienvenido sea. Siempre y cuando lo que haga sea mi película. Si no, paso. Estoy bien así.

 Hablemos también un poco de dinero. ¿Cuánto cuesta sacar adelante una de tus películas? Hace unos años leí un artículo sobre las películas de Pablo Llorca, tachando sus presupuestos (alrededor de 400.000 euros) como irrisorios y ridículos, cuando ahora hay gente que saca adelante una película con todavía menos dinero. ¿Finalmente compensa? ¿Qué posibilidades o vías hay de recuperarlo? ¿O simplemente lo ves más como una inversión a largo plazo, sin preocuparte en su rentabilidad inmediata?

La más cara que he rodado hasta la fecha es PROXIMA. Costó unos 50.000 euros. No sólo no hemos recuperado sino que, siete años después, seguimos pagando los intereses del crédito al banco. Con eso te lo digo todo. Las películas siguientes han sido más baratas. Y lo seguirán siendo si de mí depende, porque sólo de pensar en pillarme los dedos de esa manera otra vez me entran sudores fríos. La ventaja del cine es que, pasadas algunas décadas, cuando ya estemos muertos y enterrados, cuando ya no queden intereses por pagar, las películas aún estarán ahí y podrán verse. La posteridad me proporciona un cierto consuelo (y me callo porque se me escapa la risa).

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En tus repartos siempre se alternan las caras conocidas –Octavi Pujades, Marina Gatell, Pablo Puyol…- con otros rostros menos populares. Tanto unos como otros suelen estar muy convincentes, dotándoles de una extraña atmósfera de autenticidad a tus historias. ¿Cómo suele ser tu trabajo con ellos? ¿Sueles ensayar mucho antes de rodaje? ¿Potencias la improvisación, o dejas que aporten ellos ideas propias? Y por último… ¿cómo suele ser su reacción al entrar por primera vez en contacto con tus guiones?

La reacción depende de cuánto me conozcan. Si no saben nada de mí lo normal es que duden entre llamar a la policía o a alguien que les proporcione referencias urgentemente. Si me conocen o han visto algo mío (y les gusta) la reacción suele ser jocosa. Les encanta que les proponga hacer algo que, normalmente, nadie les ofrece hacer. También tengo que decir una cosa: tengo buen ojo para la gente. Me llevo pocos chascos. En la preparación de cada película hay una persona (a lo sumo dos) que rechaza mi invitación a participar y retrocede caminando hacia atrás lentamente sin dejar de mirarme con una sonrisa torcida en la boca. Pero no más. Últimamente, también, recibo “solicitudes” con frecuencia, incluso de caras conocidas. Lo que por un lado me halaga pero por el otro me pone en un compromiso, porque sólo hago una película cada dos años y no tengo papeles para tanta gente. Procuro hacer películas baratas, con cinco personajes, y acabo metiendo a cincuenta. Y eso aumenta el gasto, porque no veas como comen.

Y lo del buen ojo tienen sus efectos luego en el rodaje. No organizo castings. Actúo como un francotirador: pienso en qué quiero, me escondo detrás de unos arbustos, identifico a la pieza, apunto y disparo el dardo tranquilizante. Cuando el actor despierta en el set se encuentra de repente haciendo cosas que nunca imaginó que podría, querría o le propondrían hacer pero que se ajustan como un guante a su personalidad. Así que apenas ensayamos. Lo de improvisar depende de cómo me levante ese día. Como no llevo nunca el guión encima no puedo tirarlo por la ventana al llegar al rodaje, pero hay ocasiones en las que me lo salto todo. Salvo  los diálogos. Marcan un límite que apenas piso. Soy muy meticuloso cuando escribo lo que dicen los personajes y no juego con eso. Además, según me dicen, mis textos son especialmente difíciles de memorizar. Es importante que se los traigan bien aprendidos y yo no les toco las narices una vez han conseguido meterse eso en la cabeza (un logro que me llena de asombro). En conclusión: en general los actores no improvisan. Yo sí, porque nunca llego al rodaje con una idea preestablecida de lo que voy a hacer. Aterrizo con un recuerdo vago de esa parte del guión y me dejo llevar por lo que me sugiera la localización en ese momento. Decido dónde colocar la cámara en función de lo que monte con los actores. Todo esto puede parecer un poco caótico e improvisado, pero no lo es en absoluto. Es sólo bueno, barato y rápido.

Comienzas dirigiendo cortometrajes desde muy joven, pero sin embargo no llegas a firmar tu primer largometraje hasta 2004. Durante estos años,  tienes diversos tanteos con el documental y el vídeo experimental, llegando a comenzar incluso un largo sobre la vida de Crowley. ¿Qué destacarías de todos estos años?

Bueno, son años de búsqueda, de tanteo, como dices tú. Hice un poco de todo. Incluso algún largo más, que se quedó por ahí truncado en la posproducción. No sabría qué destacar. Muchos palos de ciego, muchos errores… Tampoco sabría qué destacar de lo que hago ahora. Sigo dando palos de ciego a tutiplén. Pero con un palo más gordo.

En 2004 llega FAQ una distopía hermética, fría e hipnótica, en la que ya se encuentran algunas de las referencias clave para entender tu obra: Lem, Dick, Orwell y el citado Crowley. En ella, además, utilizas el subgénero para hablar de nuestro presente. ¿Crees que la película es en cierta manera profética en relación a todo lo sucedido desde entonces? ¿Por qué piensas que la distopía sigue siendo un género tan adecuado para reflexionar sobre nuestro presente?

 Algo de profética debía de tener, porque desde entonces han prohibido fumar en los bares, han prohibido las corridas al este de los Monegros, han prohibido el porno en televisión abierta, han prohibido mil cosas más con nuestra aquiescencia y con la excusa de hacernos mejores (para nuestro regocijo, porque nos encanta que nos prohiban cosas, sobre todo cuando son cosas que le gustan al vecino), el cine mainstream es más tontorrón que nunca, tienes que hacer un cásting para ser estatua viviente en una calle de Barcelona o tocar el violín en una de Madrid, la political correctness se ha impuesto sin ambages en el lenguaje, las relaciones sociales son cada vez más una cosa ciberespacial… Incluso, y esto es extraordinario, en 2006 surgió en  Galicia un grupo de gente (Escoitar.org) que va por ahí grabando sonidos ambientales en peligro de extinción para crear un archivo sonoro para la posteridad, como los subversivos de FAQ. La verdad es que, vista retrospectivamente, y aún dejándome cosas en el tintero, FAQ es de una clarividencia pasmosa.

La distopía es un género adecuado para reflexionar sobre nuestro presente porque… es un género que reflexiona sobre nuestro presente. Es un género que se aproxima más al ensayo que a la ficción. El argumento, en las distopías, acostumbra a ser siempre más o menos el mismo. La ficción es una excusa, un recipiente, un campo de pruebas. Lo que distingue a una distopía de otra no es lo que le ocurre al protagonista, sino el contexto. Y el contexto viene determinado por el presente. O por la visión del presente que tenga cada autor. Es una extrapolación que permite, por contraste, destacar aspectos que a veces no por obvios dejan de resultar invisibles cuando estamos inmersos en la cotidianeidad.

Tu segunda película, PROXIMA, es una de las ambiciosas de toda tu carrera, y también posiblemente la más accesible para un público más o menos convencional. Y creo que se debe principalmente a que en ella existe una división muy clara entre el mundo real –representado, además, por el trabajo del protagonista en un videoclub- y el mundo de la fantasía. A partir de entonces, tu obra parece encerrarse incluso más en sí misma y revolcarse aun más en el ámbito de lo imaginario, como si no fuera innecesario ya contar con ese asidero con la realidad…

Me percaté de que intentar hacer una película convencional con medios no convencionales no es un buen camino. Acabada PROXIMA me apeteció (y así lo hice) saltarme las reglas del cine convencional y crear mis propias reglas. Ahora hago películas al margen de cualquier género, películas no convencionales rodadas de forma no convencional. Me siento más cómodo y me lo paso mejor. Y, curiosamente, casi diría que también el público que las ve.

En ella tuviste la oportunidad de trabajar con el mentalista Anthony Blake, ¿cómo llegó a involucrarse en el proyecto?

Conseguí su número de teléfono, le llamé, le expliqué su personaje e inmediatamente se implicó con entusiasmo. Fue muy sencillo. Y muy placentero trabajar con él.

Como suele ocurrir con tus películas, PROXIMA obtuvo más repercusión fuera que dentro de las fronteras españolas, llegando a ser nominada a un premio en el festival de Cine Fantástico de Tel Aviv. ¿Crees que esto se debe a que en España no se ha dado una tradición  cultural sobre la ciencia ficción tan rica como la de otros países, o a que simplemente distribuidores, televisiones o festivales se niegan a apostar por cualquier propuesta que se escape de los cánones establecidos?

Hice FAQ entre 2001 y 2004, y PROXIMA en 2006. Durante esos años los únicos que hacíamos cine de ciencia-ficción en España éramos Nacho Vigalondo y yo (él rodaba Los cronocrímenes al mismo tiempo que yo rodaba PROXIMA). Estábamos completamente fuera de lugar. María Lidón había dirigido Stranded en 2001 y, si mirabas más atrás, el cine de ciencia-ficción en España era un erial: a lo largo de todo un siglo prácticamente se podían contar con los dedos de una mano casos aislados como Atolladero, El caballero del dragón, Los viajeros del atardecer… y un puñado más cuya inserción rigurosa dentro del género es como mínimo cuestionable. En aquel tiempo, a mediados de la primera década del siglo XXI, me hacían esta pregunta a menudo y me devanaba los sesos buscando los motivos de que existiera un hueco tan clamoroso. Sin embargo basta echar una ojeada al último lustro para ver que el panorama ha cambiado radicalmente. De repente, sin que sepamos muy bien por qué, la ciencia-ficción se ha convertido en un género habitual en nuestra cinematografía. Ahí están Eva, 3 días, Extraterrestre, Planet 51, Los últimos días… Se ha producido una eclosión. Seguro que tiene que ver con un relevo generacional, aunque eso no lo explicaría del todo, porque generaciones anteriores de cineastas también mamaron gustosamente ciencia-ficción en su infancia y juventud con normalidad sin que eso se tradujera después en resultados (sin ir más lejos José Luis Garci, que nació en 1944 y a cuya pluma debemos, por ejemplo, un libro sobre Ray Bradbury, un monográfico sobre el cine de ciencia-ficción, los guiones de La cabina y de La Gioconda está triste y la serie de televisión Historias del otro lado, pero que, paradójicamente, no ha dirigido un solo largometraje de ciencia-ficción). Habría que bucear, creo yo, más en los prejuicios de una industria acartonada que en los de un público que ha demostrado en infinidad de ocasiones su gusto por este tipo de cine. Es decir, en la ya antigua desconexión entre producción y público que tenemos aquí. Ahora bien, tampoco te creas que los medios o los festivales acogieron con interés productos en su época tan insólitos e intempestivos como FAQ o PROXIMA. El ninguneo fue absoluto. Tuve que irme fuera a mostrarlos, como siempre. Cuando FAQ estaba haciendo un carrerón en festivales extranjeros y la Federación Europea de Festivales de Cine Fantástico la estaba nominando a mejor película del año aquí no le dedicaban ni una línea en las revistas y Sitges la sepultaba en el cubo de la basura debajo de la tierra sucia del gato.

Maximum Shame marca un nuevo punto de inflexión en tu obra. En mi caso particular, fue la primera que vi, en un pase del teatro Arenal, y me sorprendió encontrarme con algo que consiguiera caer de pie partiendo de unos objetivos tan disparatados, incluso insensatos. Porque si en PROXIMA y en FAQ los referentes siguen teniendo un peso importante, Maximum Shame parece inaugurar un género propio. Es la primera película cien por cien Atanes.

Estamos de acuerdo.

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En ella también hay una novedad, desde mi punto de vista, muy importante. Y es la aparición de un sentido del humor muy particular, disparatado, tierno y autoconsciente, que ya aparecía en pinceladas en tus anteriores títulos, pero que toma plena forma aquí. ¿Qué tipo de cosas te hacen reír?

Uy, no sé, cualquiera que me resulte graciosa. Me paso el día riendo o cabreado. Cuando no estoy cabreado, río. A veces no me doy cuenta de que río hasta que alguien me dice que ya lo estoy haciendo otra vez. Sin embargo, de lo que me río en mis películas y en mis obras de teatro es de la estupidez, algo que en la vida real me exaspera y no me hace ni pizca de gracia. Casi todos mis personajes son estúpidos. No imbéciles o cretinos (que también, ocasionalmente), sino estúpidos. Umberto Eco diferencia muy atinadamente entre estúpidos, imbéciles y cretinos. Lo explica en un pasaje de El péndulo de Foucault y luego en un diálogo con Jean-Claude Carrière titulado Elogio de la idiotez, que puede encontrarse a un tiro de ratón por internet (remito a ese diálogo, que vale la pena leer, para no demorarme en explicaciones). El caso es, como iba diciendo, que mis personajes son estúpidos. Y eso es susceptible de resultar gracioso porque la estupidez es graciosa vista en una pantalla o en el escenario. Como no te afecta personalmente, como no te jode la vida como la estupidez real, es catártica. Pasa lo mismo con el terror. Y resulta tierno o autoconsciente en la medida en que nos reconocemos como estúpidos, ya que nadie se escapa de serlo en alguna medida. Por eso, y siento decirlo así, a bocajarro, a las personas realmente estúpidas, a los estúpidos de verdad, a los de manual, nos les hace puñetera gracia lo que cuento, porque sólo un ser rematadamente estúpido ignora su propia estupidez. Se tragan lo que dicen mis personajes estúpidos y deducen que hablo en serio a través de ellos. No es una crítica, es una constatación.

Gallino, the Chicken System, se plantea abiertamente como una película sexual y filosófica, pero está tan cargada de humor esquinado como Maximum Shame, hasta tal punto que, siendo películas diferentes, da la impresión de que están conectadas de alguna manera, pues más que la coartada de la ciencia-ficción, entrarían de lleno en el ámbito de la fábula kitsch o la fantasía bizarra.

 Algún crítico extranjero, no recuerdo quién, decía que Gallino parece una precuela de Maximum Shame. Si es así, también lo es de FAQ y de PROXIMA porque hay referencias conscientes a todas ellas en Gallino. Incluso a mis obras de teatro. Y viceversa. A medida que mi producción aumenta de tamaño voy liándome más y más en una madeja de autoreferencias. Me divierte, pero sobre todo lo hago para darle trabajo a los investigadores de la posteridad. Para que pongan muchos pies de página.

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¿Qué crees que ha aportado a tu obra el hecho de haber nacido en Barcelona? Concretamente en tus últimas películas, hay numerosas bromas sobre “lo catalán”, que más bien parecen formar parte de algún tipo de juego o chiste privado…

Tiendo a anclar mis fantasías, tan irreales en apariencia, en fragmentos vitales de los que tengo una experiencia directa. En la línea de lo que hacía Buñuel, colocando el redoble de tambores de Calanda en los momentos más inesperados. Por ejemplo, desde que estuve por primera vez en Boston aparece en todas mis películas y en todas mis obras largas de teatro la palabra Massachusetts al menos una vez. Me gusta como suena, me trae buenos recuerdos, me resulta gracioso hacérsela decir a los actores porque se traban a menudo con ella y me divierte dejarla caer como Berlanga dejaba caer Imperio Austro-Húngaro.

En cuanto a Cataluña… He vivido allí más de tres décadas, así que estoy bastante al corriente de sus costumbres vernáculas. Una de las más llamativas consiste en dar vueltas y más vueltas, con empecinamiento, en torno a ciertos temas. Por ejemplo, la identidad. Te levantas y te acuestas oyendo hablar de ella. Si compras un periódico y no aparece esa palabra el kiosquero te devuelve el dinero. A los pobladores de Cataluña la identidad les trae de cabeza, les provoca insomnio, cefaleas, mala digestión. La identidad nacional, la identidad colectiva, la identidad sexual, el carné de identidad, la identidad de todo tipo. Como comprenderás, después de treinta y pico años con esa matraca soy incapaz de pensar en doña identidad sin que me venga Cataluña a la cabeza. Es un reflejo pavloviano. Por consiguiente, cuando hago Maximum Shame (que ruedo en inglés) me percato de que salen siete actores: seis catalanes (que tienen que hablar en inglés en la película) y una inglesa (que, lo que son las cosas, no pronuncia ni una sola palabra), y en un arrebato de inspiración no puedo evitar ponerle el nombre de Queen of Catalan Love al personaje que interpreta la inglesa. ¿Qué importancia tiene que el Love sea Catalan? Ninguna. Podría ser tirolés y daría lo mismo. Es mi forma de expresar hasta qué punto me resbala la cuestión. Y cuando escribo el guión de Gallino, lo primero que le pregunta un protagonista al otro es si es catalán, porque ha visto que en el letrero luminoso de su establecimiento pone “pollastres a l’ast”, que es como se llama a los pollos asados en Cataluña. Que ponga “pollastres a l’ast” y no “pollos asados” es un homenaje personal a los pollos asados de Barcelona, que añoro y que no son como los de Madrid (el porqué de esa diferencia es un misterio aún por resolver). Pero que el pollero le responda “¿Yo? No, no, hace mucho tiempo que resido en la Antártida” es una declaración de principios. Los míos.

 ¿Qué tipo de distribución tiene la película? No es, desde luego, tu título más accesible, pero sí el que cuenta con mayor cantidad de garantías para entusiasmar a tu cada vez mayor número de fieles…

En realidad es tan accesible como el resto. Su distribución es la habitual: DVD en Amazon, Video On Demand, esas cosas. Se puede adquirir desde cualquier lugar del planeta. No está en los multicines ni la pasan por televisión, pero tampoco pasan las otras. En mi sitio web o a través de mi sitio web se puede acceder a cualquier atanismo disponible.

 

Me interesa mucho la forma en la que se aborda el sexo en toda tu obra, desde distintas perspectivas en las que cabe desde lo más terrenal a la pura fantasía, lo grotesco, lo satírico, lo ridículo y lo sublime, como si fuera una forma clave que tienen tus protagonistas para relacionarse entre ellos y con un entorno la mayoría de las veces hostil… Creo que incluso podríamos hablar de un tipo de mujer cuyos rasgos –los de Ana Mayo, Sara Martín o Marina Gatell- encajan como un guante dentro de tu universo particular.

Es mi universo particular el que se ciñe a esos rasgos. Si no hubiera mujeres no haría películas. Las vierto sobre ellas como látex en un molde.

¿Qué nos puedes contar de tu carrera paralela como autor teatral? Recientemente hemos visto los microteatros Romance bizarro y Necrofilia fina y también la obra El triunfo de la mediocridad , pero llevas estrenando desde 2011… ¿Qué te aporta el escenario del teatro con respecto al cine?

 La inmediatez, como decía Fernando Arrabal (a quien aprovecho para desear una rápida recuperación). Escribes, ensayas, avisas a la gente y lo vienen a ver. El cine tiene un recorrido más largo, y si no lo sirves en bandeja proyectándolo en una sala con moqueta y palomitas al público le da pereza mover un dedo para ver tu película. Aunque ese mover un dedo sea, literalmente, eso: presionar con el dedo una tecla del ordenador. Aquí, en la difusión, es donde más cobra sentido el famoso enunciado de Frank Zappa: “La cultura oficial sale a tu encuentro, pero al underground tienes que ir tú.” Lo que exige un esfuerzo extra. No estamos acostumbrados a que la cultura nos haga trabajar (la identificación actual entre cultura y ocio es devastadora). En cambio, con todas las dificultades de promoción y visibilidad que a la fuerza se dan cuando no cuentas con un apoyo institucional o mediático fuerte, eso en teatro no pasa tanto. Cuesta el mismo trabajo salir de casa para ir a ver un musical a la Gran Vía que una función más humilde unas calles más allá. Y el público tiene asumido que ambas cosas son teatro: tanto el espectáculo fastuoso como el pequeño montaje con dos actores y un escenario vacío. Con el cine es más reticente. Si el despliegue de medios no es descomunal, si la forma no se asimila a los estándares de Hollywood, el cine ya no es tan cine y una parte considerable del público lo rechaza casi instintivamente.

Empecé a estrenar en 2011, como bien dices, siempre en Madrid, y desde entonces no he parado. Alterno las obras largas con las cortas. Este año, por ejemplo, he estrenado cuatro: dos largas (“Secretitos” en la Sala Mirador y “El triunfo de la mediocridad” en la Sala Triángulo) y dos cortas, ambas en el Microteatro de la calle Loreto y Chicote (“Romance bizarro” y “Necrofilia fina”). En el momento en que salga a la luz esta entrevista probablemente seguirán algunas de ellas en cartel. Mi intención con el teatro se limitaba, en origen, a escribirlo, pero las circunstancias me han abocado también a la dirección. Más por impaciencia que por vocación. En este sentido me lo tomo igual que el cine: si tengo una idea la llevo a cabo lo antes posible, no tengo aguante para hacer pasillos, marear la perdiz, explicar a otros lo que puedo hacer por mí mismo y dejar a terceros marcar los tiempos.

 ¿Te has planteado cambiar de género y realizar un drama doméstico, una comedia realista o un thriller erótico, o crees que de alguna manera todos sus códigos ya se encuentran dentro de tus películas? ¿Cuáles son los proyectos que tienes en el cajón, aquellos que piensas realizar o los que no te planteas todavía por demasiado arriesgados?

No tengo proyectos en el cajón. Bueno, sí los tengo. Pero el hecho de que estén en el cajón los sentencia a muerte. Si algo acaba en el cajón, ahí se queda. No sé qué será lo próximo que haré. Ni en cine ni en teatro. Tengo la mente en blanco. Podría ser cualquier cosa. No lo sabré hasta que se me ocurra. Y en cuanto se me ocurra lo llevaré a cabo. Con urgencia. Como siempre. 

Mis amigos, que está francamente preocupados por mi carrera y por mi futuro, me ahorran el trabajo de pensar en otros géneros y cosas así. Ya lo piensan ellos en mi lugar. Quieren que haga algo normal. Les digo que lo que hago es normal. Entonces me dicen que haga algo realista. Les digo que lo que hago es realista (de hecho me contengo, porque la realidad mundana es bastante más disparatada). Entonces me dicen que haga algo costumbrista. Y yo siempre les contesto que sí, que lo pensaré. La última vez que intenté hacer algo costumbrista me salió Gallino, the Chicken System. Aún así, insisten.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

1 Comment

  1. Juan Martin

    noviembre 19, 2013 at 12:53 pm

    Grande Carlos

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