Entrevista a Sabina Urraca, autora de “Las niñas prodigio”: “Me gustaría encontrarme siempre en ese momento de ilusión en el que camino por la calle para encontrarme con el ser amado.”

 

Cuando Toni Junyent y quien escribe ahora estas líneas empezamos a calentar nuestra cabeza con la idea de reflotar algún día está página, enterrada hace tres años por una serie de polémicas ahora ridículas y anecdóticas, también comenzamos a trazar una suerte de estrategia para entrevistar en ella a Sabina Urraca, aquella chica que de pronto estaba en boca de todos, que escribía cosas maravillosas, emotivas y tronchantes en las páginas de tendencias y a lo largo y ancho de las redes sociales (de hecho, por aquel entonces también la habíamos añadido a nuestra lista de contactos con premeditación y alevosía para pillarle el truco o indagar en sus debilidades) y que también acababa de publicar un libro, Las niñas prodigio, que por alguna extraña razón nos había conmovido hasta lo indecible, como un bálsamo o un acicate sobrenatural. Para Toni, Las niñas prodigio había sido algo parecido a una experiencia intelectual de altura, pero también personal y casi epidérmica. Yo, que me encontraba en unas horas mucho más bajas, no demasiado más bajas que las actuales, creía haber encontrado en su libro una especie de mapa para comprender y asimilar el mundo, el mismo mundo que no dejaba de zarandearme, azotarme a contracorriente y hacerme nadar a contracorriente por primera vez en lo que hasta el momento había sido una vida sencilla, feliz y discretamente acomodada. El debut de Sabina, para mí, sólo era comparable al de otra niña prodigio de mi infancia/adolescencia, a otra novela tan mágica como auténtica, Muertos o algo mejor de Violeta Hernando, un libro que por alguna extraña razón sólo continúa siendo de culto a día de hoy para mí, Jimina Sabadú y cuatro chalados más. Pero el universo de Sabina se expandía de una forma más apabullante, con más acidez y violencia, coherente con el nervioso agitar de los tiempos actuales. Sabina tomaba el pulso a una generación perdida y confundida, la suya, y desataba un torbellino de emociones tan fuerte con cada párrafo, que ella, pobrecita, era incapaz de controlar y sigue sin saber hacerlo. La furia, a veces tragicómica, siempre hipnótica y atmosférica, de sus palabras es auténtica, un oasis de luz entre tantas voces indignadas y sentimentalmente pomposas y egocéntricas, y por eso duele reconocer una verdad tan simple como que Sabina Urraca se ha presentado ante nosotros como una magnífica escritora, con la rara capacidad de arañar y hacer cosquillas a las esquinas del alma, lo que viene a ser asombrosamente extraño en un mundo a la deriva, que flota entre falsas equidistancias, molestos matices y fórmulas solventes.

Así, con la firme y cándida iniciativa de hacer un regalo a Sabina, nos sentamos Toni y yo a preparar unas preguntas, que iban a hacer por fuerza, insuficientes y titubeantes, erróneas y atropelladas, decididamente minúsculas en comparación a lo que nos habían transmitido sus palabras impresas. He aquí el resultado.

Tu libro nos ha parecido muy libre y desinhibido, tanto en la forma nada afectada de acercarte a los temas como en el fluir de las situaciones, pero al mismo tiene mucha cohesión. Piensas: sí, podría ser perfectamente la extraña vida de esta chica. ¿Trabajaste con una especie de esquema de los capítulos o fueron saliendo sobre la marcha?

Nada de esquemas. Puro instinto y vomitona. Sabía más o menos lo que quería contar, sabía más o menos de qué iría cada capítulo. Escribí el nombre de cada capítulo en un papelito, y luego los pegué todos en una hoja de la ventana. A medida que iba terminándolos, los iba pegando en la otra hoja de la ventana. De esta forma, cada mañana, al abrirla, podía hacerme una idea del avance, de cuánto me faltaba (os he enviado una foto para que se entienda bien). Eliminé algunos capítulos por el camino, y después César (mi editor) sugirió algunos cambios de orden, pero nada más. Obviamente, esta forma de trabajar es posible gracias a la estructura desordenada del libro. Intenté darle la misma estructura caótica y aleatoria con la que los recuerdos vienen a la mente. Ahora estoy empezando a escribir otro libro en el que estoy dando más importancia a la estructura, porque es una acción más lineal, no se apoya tanto en los recuerdos. Se me ocurren ideas y las voy escribiendo en el lugar aproximado en el que creo que deberían ir. Pero creo que seguiré trabajando de esa forma, guiada por el instinto.

En una de las pocas críticas negativas que hemos encontrado de tu libro se hacía especial hincapié en tu condición de “joven promesa”. ¿Crees que en España se perdona el éxito? ¿Incluso cuando se trata de un éxito que tiene más que ver con la aclamación popular y la satisfacción personal que el rendimiento económico, un símbolo de estos tiempos que nos parece especialmente contradictorio?

Es un poco desalentador vivir ahogada por pagar el alquiler cada mes, escribir mails amenazantes -pero educados- pidiendo cobrar, y que luego alguien te diga “Bueno, bueno, tu libro lo está petando, ¿no?”. Y, claro, no te vas a quejar en su cara, porque vas a parecer una desagradecida a la vida. O que cuatro chalados te insulten por Facebook diciéndote que no mereces lo que tienes. No me importaría tener a esos cuatro pelagatos dándome la vara si al mismo tiempo ganase mucha pasta y pudiese vivir más relajada con el tema económico.

Palabras de Sabina: “Es de la presentación en Barcelona. El momento más bello de todas mis presentaciones. Margot se acercó y me preguntó: ¿Podrías poner la cara que ponía tu mamá cuando estabas dentro de ella?”

 ¿Hubo alguna escena o situación, vivida o no, que tuvieras claro que tenía que aparecer, ese fogonazo o primera intuición que hace que nos pongamos a escribir un libro. ¿O simplemente empezaste a narrar lo del parto y todo empezó a desencadenarse?

Había capítulos que llevaban dos y hasta tres años escritos. Sabía que formaban parte de un libro, pero no encontraba la manera de empezar, continuar, hilvanarlo todo con esos capítulos. Un día estaba leyendo La pequeña comunista que no sonreía nunca, una biografía novelada de Nadia Comaneci que escribió Lola Lafon, y de pronto supe cuál era, de alguna forma, la tesis del libro: la rabia y la impotencia de una niña -una niña española, vulgar, sufriente, enamorada de quien no debe- al enterarse de que han enviado imágenes de Nadia Comaneci al espacio. Recuerdo que me vino de golpe a la cabeza la pregunta que se hace el personaje: “¿Por qué la habían enviado a ella, y no a mí limpiando los azulejos de la cocina?”. La ambición paralizante de ese personaje que ya existía en mi cabeza hace años y esas ganas de mostrar, precisamente, a las niñas no prodigio, fue lo que puso en marcha todo. Un mes después de aquello, ya viviendo en el campo, comencé una especie de diario paralelo a la escritura del libro. En el momento en el que sucedió lo del parto, sentí que en la novela también debía aparecer el presente de la adulta no prodigio.

 

Cuéntanos algún momento que recuerdes de tu infancia. Si se trata de tu primer recuerdo, tanto mejor.

Vi la barba gris de mi abuelo, que acababa de morir, asomando detrás de una nube. Empecé a gritar como una loca. Vino toda la familia, alarmada. Mi abuela lloraba.

Una persona cercana que te entrevistó hace unos meses me dijo que se había quedado con ganas de ser tu amiga. No son pocos lo que sienten una sensación parecida al leer tu libro. ¿Qué crees que tiene de especial para despertar ese interés en la gente, en que formes parte de su vida, o en todo lo contrario, sin término medio?

Qué maja esa persona, qué bien. Creo que esto sucede por la escritura en redes. Es algo que es muy bonito, pero también puede resultar muy peligroso. La gente se siente muy cerca de ti, y te escribe y te cuenta su vida y sus historias (cosa que me encanta), porque de alguna forma siente que tú les has regalado las tuyas. La parte oscura de esto es cuando la gente no se da cuenta de que la protagonista del libro no soy yo.

 

Hay un momento en el libro, que nos gusta mucho por lo franco y directo que suena, en el que el personaje resume un poco lo que han sido sus primeros años de vida adulta y dice que, durante años, para hacer algo y sentirse bien haciéndolo, necesitaba la aprobación de alguien. ¿Eso le pasaba o sigue pasando a Sabina Urraca? ¿Crees que la necesidad de feedback constante que producen las redes sociales contribuye a ello, o son cosas distintas?

En los últimos tiempos me he desembarazado un poco de esta necesidad de feedback. Ya era hora. Ahora busco contentarme más a mí misma. O incluso vivir tranquila, relajada, sin contentarme.

 Háblanos de los celos. No nos referimos a esa sociedad musical festiva que has formado con Nacho García y Elías Fraguas sino, a los celos, en general. ¿Eres celosa? ¿Es bueno tener celos?

Tener celos es infernal.  Una persona celosa es un animal sin voluntad, sin límites. Pero se pueden domar. ¿Eh? ¿Quién ha dicho esa última frase?

 

Hemos leído también por ahí que escribes con la crueldad y la dureza de los hombres. ¿Crees que existe una mirada femenina y otra masculina, no sólo a la hora de escribir, sino de contemplar, admirar o aterrarse del mundo?

Creo que hay mujeres y hombres que escriben con crudeza. No podría decir quién es más letal, porque cada escritor y cada escritora son un individuo concreto, sin pertenencia a ningún grupo. Hay muchísimas mujeres que escriben con crudeza. Cuanto más crudas son, más las amo yo. Lydia Davis, Valerie Mrejen, Charlotte Roche, Phoebe Gloeckner, Miranda July… todas ellas escriben desde sí mismas sin ningún filtro de pudor o velo rosado de intimismo femenino. O el intimismo femenino es eso: contar desde nuestras tripas, que son igual de negras y asquerosas que las vuestras. Pero es lo que te decía antes: aún no se ha leído lo suficiente a escritoras así. Es por eso por lo que de pronto puede parecer que yo escribo “con la crueldad y la dureza con la que escriben los hombres”. Porque te lees primero a Paul Auster y ya si eso a Siri Hustvedt, y cualquier signo de crudeza en Siri lo tomas por una copia de la crudeza de Paul, cuando es una crudeza que está en todos los seres humanos crudos, sean hombres o mujeres.

¿Poliamor, anarquía relacional, sentido común, amores dramáticos e imposibles, relaciones líquidas, o qué, dónde estarías en esta especie de abanico de formas de ver el hecho de juntarse con gente?

Me gustaría encontrarme siempre en ese momento de ilusión en el que camino por la calle para encontrarme con el ser amado. Si es posible, me gustaría no llegar nunca al momento del encuentro en sí.

¿Sigues sin saber si te gustaría ser madre alguna vez, como dices al principio de Las niñas prodigio?

¿Si digo que sí me darás el trabajo?

 En este momento de tu vida… ¿qué es a lo que más tienes miedo?

Al dolor.

Háblanos de tu relación con las drogas, que tienen bastante protagonismo también en el libro. Quizá es un tema muy íntimo, pero nos interesa cómo las personas se relacionan con el hecho de tomar drogas, qué esperan de ellas, ese tipo de cosas.

Tuve unos cuantos problemas con ellas. Ahora las evito hasta cierto punto. He vivido momentos preciosos con el mdma. Leí que en algunas terapias para gente absolutamente hundida en la depresión se recetaba mdma para recuperar la noción de la felicidad. Creo que así es como me ayuda a mí. La estructura de la felicidad se vuelve a armar solita, y sobre eso ya puedes empezar a apuntalar para que no se te vuelva a caer.

 

En alguna ocasión te hemos leído quejarte de que por ser chica y haber escrito un libro que tiene por protagonista a una chica se considere, en cierto modo, un libro feminista. ¿Puede ser que hoy en día haya quien exija por defecto posicionarse sobre el feminismo a cualquier artista mujer -u hombre, incluso-?

 Hay una confusión espectacular al respecto. Ayer hablaba con una amiga muy sabia, y ella me decía que si mi libro lo hubiese escrito un hombre, lo habrían tirado a la hoguera. Me toca bastante los ovarios ese rollo de “un libro de contenido feminista que explora en un mundo intimista y femenino”. Decir que mi libro es feminista es de un reduccionismo salvaje, además de injusto tanto para mi libro como para el feminismo. Entiendo que la gente aún no está acostumbrada a que las mujeres escriban libros normales, y que la etiqueta “feminista” es muy fácil de poner en cualquier producto que tenga a una mujer detrás, pero me apena. En una biblioteca la clasificaron como “novela psicológica”, y la verdad es que me gustó mucho. Me pareció mucho más acertado que “novela feminista”.

Cuéntanos sobre algún artículo que no te hayan dejado hacer o no te hayas atrevido a proponer, o algún tema sobre el que, por la razón que sea, te atraiga escribir en estos momentos. 

He intentado colar muchas veces, en varias de las revistas para las que trabajo, reseñas literarias, artículos sobre los libros que leímos de niños, o sobre la censura del Diario de Anna Frank, que es un tema que me fascina. En general, siempre he recibido negativas al respecto. Pero tengo ganas de escribir sobre libros de una forma distinta a la que se ve habitualmente, más cercana, con menos envaramiento y más humor. Y cobrando bien, claro.

¿Hay temas sobre los que te dé rubor o pereza escribir?

Me da mucha pereza cuando hay algún suceso de actualidad sobre el que se supone que debo pronunciarme en redes. En general, no sé qué opino sobre casi nada. De vez en cuando, me viene un chorrazo de lucidez y consigo vislumbrar mi opinión sobre alguna cosa. Pero así, a grandes rasgos, siempre dudo de todo.

 En tu libro hay menciones a varias pelis y el caso es que en La Paz Mundial nos encanta hablar de pelis y hacer listas de esas. ¿Te animarías a mencionarnos tres o cinco películas que, por las razones que sean, formen tu top personal?

Te digo así, a bote pronto, películas que me rondaban la cabeza mientras escribía el libro:

Water Lilies, de Céline Sciamma (una de las películas menos conocidas -y, en mi opinión, la mejor- de la directora de Tomboy), Mais ne nous délivrez pas du mal, de Joël Séria (una película francesa basada en el mismo caso real que Criaturas Celestiales), La niña santa, de Lucrecia Martel… También veía muchos programas de niños prodigio en Youtube.

 ¿Escribes tus estados de Facebook directamente en la página web o en un procesador de textos, o en una libreta o algo así? ¿Te echas atrás a menudo cuando vas a publicar algo, o lo modificas muchas veces?

Directamente en la página web, aunque luego suelo editar sobre la marcha y añadir nuevas ideas que me van surgiendo a medida que la gente comenta. Creo que pocas veces me he echado atrás.

 ¿Serías capaz de enamorarte de un hater, de una persona que se acerque a ti reprochándote cosas o que simplemente ataque tu obra a través de las redes sociales? ¿Y de un acosador? ¿De qué tipo de persona jamás te enamorarías?

Así de primeras no me apetece meterme en ese tipo de berenjenal, pero oye, nunca se sabe. Creo que podría enamorarme durante unos instantes de casi cualquier tipo de hombre, mujer, viejo, niño o perro.

Eres muy activa, de hecho, en Facebook y una vez dijiste eso de que los mejores escritores de nuestro tiempo están en Facebook, aunque no publiquen. ¿Nunca te ha sobrevenido la necesidad de desconectar de esa red social durante días? Esos mensajes que a veces pone la gente, cuando se va de vacaciones o por alguna circunstancia personal, que dicen que van a dejar de estar por ahí y ya volverán.

Alguna vez me he salido de Facebook unos meses. Últimamente siento que ni aporto mucho ni me aporta mucho, pero me da miedo irme, porque todo lo que hago es gracias a Facebook, todos los trabajos me salen a través de esa red… Irme es un poco como morir. Y, claro, no me atrevo. Pero debería atreverme.

¿No visitaste o te topaste con ninguna comuna hippie durante los meses que pasaste en la Alpujarra? ¿Te imaginas viviendo en algún lugar así, o en una casa okupada?

El valle donde vivía había estado habitado por una comunidad que se había dispersado hace años. Había un sentimiento de divorcio flotando en el ambiente. De vez en cuando se reunían para decidir qué hacían con la casa que habían ocupado. La sensación que producían aquellas reuniones era la de la junta de vecinos que se reúne en la escalera a regañadientes, deseando no estar allí. Aparte de eso, sí que estuve en varias comunas. En La Alpujarra es muy difícil no toparte con alguna. De todas formas, era un mundo que ya conocía; mis padres y mis tíos tenían amigos que vivían en comuna, y de pequeña visité algunas. Creo que podría vivir una temporada en comuna, pero seguramente saldría huyendo en algún momento. Si es difícil que una pareja funcione, imagina una comunidad.

Leyendo el pregón que hiciste para la Romería de los Voltios madrileña, en el que reivindicas el hacer nuestras las ciudades, nos gustaría saber de qué ciudades podrías decir que las sientes como tuyas o te gustaría conocerlas más, como cuando alguien nos gusta.

Madrid es mi lugar, mi raíz, aunque no haya nacido aquí. Pero es donde tengo más historias. Cuando vivía en México, lloraba escuchando chotis y coplas, recordándola. La Laguna, en Tenerife, que es donde me crié, también ocupa un lugar importante. El tercer lugar quizás sería La Alpujarra, el camino que bajaba hacia la casa donde viví, la imagen de la Sierra Contraviesa con su promesa de mar al otro lado… Es una horterada, pero me tatuaría esas montañas. Me gusta la gente que se tatúa retratos de sus hijos o su perro.

 Y ya que estamos con las ciudades, estos días es difícil no tratar de formarse una opinión o como mínimo pensar en lo sucedido el domingo pasado en Barcelona. ¿Hay algo que tengas claro o nada claro al respecto, alguna sensación que quieras compartir con nosotros?

Ya te he dicho antes que nunca tengo nada demasiado claro. No sirvo para sentenciar ni para pegar con el puño encima de la mesa. Lo mío es divagar y pensar que cada uno debe poder hacer lo que le venga en gana, siempre que no dañe a nadie que no merezca ser dañado. Opiniones al respecto de este tema las tienes a puñados en las redes. ¿Para qué hablar más sobre ello?

¿Cuál dirías que es tu relación con la política? ¿Sueles votar cuando hay elecciones?

Mi relación con la política es bastante intermitente. En general, intento no pronunciarme demasiado, por las razones que he descrito antes. Creo que cada uno servimos para una cosa, y yo sirvo para esa parte de la política que está presente en lo personal. Siempre voto, aunque no sé muy bien si debería hacerlo, dado mi bajo nivel de convicción.

 ¿Tendrías una cita más o menos romántica con Toni Junyent y conmigo, al mismo tiempo o en días alternos, con el objeto de narrar luego cada uno, en La Paz Mundial, nuestra versión de la velada o las veladas?

Me he propuesto firmemente no aceptar caramelos de desconocidos. Pero os puedo conseguir el contacto de First Dates.

 

 

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