Fe de etarras: El miedo y la carcajada

Soy de aquellos que piensan que la primera vez que ETA recibió la primera banderilla que precipitaría su final fue cuando se convirtió en chiste. Como ocurre con tantas otras cosas. Y a ello hay que culpar abiertamente a Diego San José y al equipo de Vaya Semanita, a Borja Cobeaga y a su todavía tímida pero insoslayable Negociador, y por qué no, incluso a Jordi Galcerán y la obra Burundanga. No hay mejor antídoto contra el miedo colectivo que la liberación que provoca la carcajada.

Todo esto viene a cuento para hablar de Fe de etarras, la última película de la dupla Cobeaga/San José, y quizá la más azconiana del dúo, sabia y transparente mezcla del Azcona de Berlanga con el del infravalorado García Sánchez, con ribetes de la mejor comedia italiana de los inútiles y desarraigados. Proyecto largamente aplazado y acariciado hasta el magreo por sus responsables, el resultado final no puede ser más feliz, y aunque a veces la puesta en escena de Cobeaga peque de funcional y atropellada, la eficacia de cada gag, de cada diálogo, de cada salto sin red es de primera categoría. El reparto, confeccionado con el ojo puestos en los primerizos hooligans de Vaya semanita, está a la altura de las complicadas circunstancias: no ya en el placer de reencontrarse con una Miren Ibarguren en plena forma, o de disfrutar de nuevo de los registros y matices de unos espléndidos Barea y Cámara, sino también a la hora de comprobar que la vis cómica y el timing de Julián López resulta, de tan portentoso, casi sobrenatural.

La película podría haber sido una suerte de Ninotchka o Suspenso en comunismo que ajustara cuentas un tanto cínicamente con el terrorismo vasco en pro de la integración, pero Cobeaga y San José prefieren ser menos populistas, más ambiguos, pero también más ambiciosos y honestos. En el fondo, Fe de etarras es una película regocijante y humanísima, porque habla de que tras la mayor afrenta o el más deleznable disparate cometido por el ser humano siempre late el eco de una extraña forma de ternura, de desencanto, de miedo o de conmovedora candidez. Y eso, señores, es llegar muy lejos, aún más si la película puede contemplarse con la misma ligereza y placer que ¡Qué alegría vivir! (1961) de René Clement, otro comedia blanca y luminosa que usara el terrorismo como coartada humorística -y humanística- hace poco más de medio siglo.

Calificación: A

Lo mejor: La crisis de la pareja Otxoa/Ibarguren narrada con metáforas de la historia de ETA.

Lo peor: los prejuicios impedirán a mucho disfrutarla en su justa medida.

 

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

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