La alucinógena noche de los orfidales cinéfagos

La otra noche, tal vez jueves, tal vez cualquier otro día de la semana, presenciamos embelesados la presentación de el segundo número de la revista ORPHANIK, coordinada por el crítico, director y ensayista Jordi Costa con sus alumnos de análisis cinematográfico. La revista en sí es un tocho inabarcable de nosecuántas y pico páginas que parece un tratado de anatomía humana, un proyectazo loco, insensato y monstruoso como la mejor película de Herzog, que rápidamente bautizamos con Orfidal por su más que probable cualidad de inducir a un abigarrado y reparador sueño cinéfilo, como prácticamente todos los tratados de cine repletos de voces furibundas, entusiastas y analíticas que transitan por los pasajes del cine como por los cerros de Úbeda. Yo acudí al evento con dos chicas de la cantera Ramos del Val, la actriz, guionista y realizadora Mariú Bárcena, que acudió al evento con coletas, minifalta y piruleta en plan Lolita hipster, y la inconmensurable y omnipresente Belén Riquelme, que ya cantara el famoso tema que abría la segunda película de Jordi Costa como director, La lava en los labios, que ya susurran las buenas lenguas que parece que pronto gozará de una más que justa recuperación lejos del mundo de las capillitas y los correveidiles.

La presentación corrió a cargo del cada vez más inmenso Ignatius Farray, igual de campechano y mordaz que siempre, pero tan comedido como la ocasión así lo requería, hablando de sus primeros años en Comunicación Audiovisual, de su fascinación por Fellini, de la importancia de leer crítica cinematográfica antes y después de ver las películas, que hizo un fabuloso e inesperado chiste sobre un supuesto mortadelo entre García Márquez y Vargas Llosa que disparó la imaginación malsana de algunos menores que disfrutaban y padecían el espectáculo entre encantados y adormilados, pero contentos de gozar en directo a su primera aproximación sin cortapisas ni profilácticos al humor de pollas.

En este momento salió a la palestra un flamante y orgulloso Jordi Costa, capitán de lujo de su reciente progenie o generación de autónomos cieneuristas, que lucía especialmente guapo y bonachón en las fotografías que presidían el fondo de la reunión sirviéndola como entrañable marco al encuentro. Jordi habló de un par de cosas o de muchas más, pero sobre todo dejó hablar a sus alumnos: me sorprendió la variedad de éstos, las distintas razones por las que la vida les había llevado allí, su diferencia de edades y su interés por los temas más dispares. No es de extrañar, pues, que el resultado de su trabajo sea un pastiche tan entrañable como currado y elegante, híbrido de catálogo de filmoteca, puesta al día del Film Ideal en la época de los artículos protovirales de la nueva Fotogramas y aquellos números especializados del Jo Tia! en clave retro, que presentaba artículos jugosos sobre Jim Thomson, John Millius o La décima víctima de Elio Petri. Entre el público y en la inevitable copa de después, se dejaban entrever los rostros de cineastas marcianos y maravillosos como José María Ponce, Gonzalo García-Pelayo o Álex Mendíbil, que prepara un inminente proyecto en el filmoteca que con toda seguridad nos dejará flotando en los próximos meses.

A la salida, Mendíbil salió pitando para no perderse el imprescindible ciclo de Abel Ferrara en la filmoteca, mientras nosotros hicimos contubernio con Patricia G. Méndez y Tailor del Castro, del Café Moderno, y la productora Elena Manrique, primero en la terraza de la cineteca y luego en un café viejuno donde charlaban animadamente Jordi y sus correligionarios. Yo intenté entablar conversación con alguno de estos preguntándole que qué escribía en la revista, pero me respondió que no se atrevía porque había mucho nivel. Luego hablé sobre todo con Elena de muchas cosas, y la volví a felicitar por su excelente Cinema Verité Verité, de la que espero cándidamente una edición como la película salvaje y hedonista que es, lejos de la ya anticuada y molesta etiqueta de #littlesecretfilm. Luego Jordi se acercó a nosotros, y se dejó querer un poquito agradeciendo nuestra presencia con esa mezcla de timidez, ostracismo, agudeza y bondad que le caracteriza, que debe despertar todo tipo de sensaciones en su cuadrilla de alumnos. Yo aproveché para asegurarle que si algún día me recupero de esta extraña enfermedad que me tiene tumbado en la cama día sí y día no -y que me ha animado a volver a abrir esta página, para bien-, una de mis principales ilusiones era convertirme en alumno suyo, con toda sinceridad y sin pelotería que valga, aunque tenga ochenta años y sólo pueda desplazarme sobre mis manos. Un deseo en el que sé que coincido con muchos de los cachorros de la nueva hornada de La Paz Mundial, que ya leían y desmenuzaban sus críticas del Fotogramas cuando eran lactantes.

Media hora después, en el Kramer, tras escuchar un recital de las canciones infantiles religiosas de Riquelme en el taxi, Germán Solís nos contaba como se acercó a él mientras ambos cuidaban de sus respectivos niños y le propuso dar clases de cine en el taller de escritura. Nos dijo que le seguí desde sus comienzos como crítico literario: “Ahora, habiendo compartiendo juntos tantas cosas, a veces nos miramos a la cara, sonreímos y no sabemos de qué hablar”, nos explicaba antes de deshacerse en halagos de sus virtudes como maestro. Es curioso como Costa, que continúa siendo uno de los mejores ensayistas de nuestro país, a años luz de la generación, salvo honrosas excepciones, bastante más cínica y pomposa que, de una manera u otra, ha generado con su estilo y reivindicación por igual de la cultura popular y el cine experimental más recóndito, ahora se gane la vida más gracias a la docencia que a la escritura. Así están las cosas, amigos.

Poco tiempo después llegaron al Kramer una pandilla de pipiolos Orfidales y entre la maggioriata Belén, una chisposa Elena y yo mismo nos dedicamos a entretenerlos y a compartir desdichas, aficiones, fracasos y decepciones. Recordé aquel día que Mirito Torreiro, con toda su mezcla de cariño y mala leche, se refirió a mí como una mala digestión de Jordi Costa, y ahí estaba yo, asustado y escurridizo, ante una generación de jóvenes Costas que, al menos dejaron bien claro desde el primer momento, que eran mucho más de la escuela Bay que de la Nolan. Imprescindible requisito para ser bien tratados en La Paz Mundial. También escuchamos con interés el momento en que su vida cambió al toparse de narices con una crítica firmada con Jordi y de nuevo una loa sincera a sus virtudes como profesor. Yo empecé a hablar con ellos del cine abisal en el que había participado, y algunos quedaron realmente sorprendidos por el hecho de que hubiera firmado tantas cosas sin llamar absolutamente la atención a nadie, lo que dudo mucho si es una virtud. “Escribo cine y novelas para que sean de culto en un futuro indeterminado”, me excusé. También descubrí que muchos de ellos combinaban y conciliaban la crítica de cine y la literaria con otras profesiones remuneradas, y al darse cuenta de que yo no hacía nada en la vida aparte de expulsar exabruptos, no tuve más remedio que recurrir, de mala memoria, a aquella frase de Umbral que venía a decir que todos aquellos que intentaron combinar su faceta artística con un trabajo normal acabaron hastiados de lo segundo y sin ningún éxito literario. Supongo que mi camino consistirá en combinar ambos fracasos construyendo un nuevo tipo de inutilidad y la desdicha. Ellos, sin saber muy si animarme o reírse se limitaron a sonreír y con una última ronda de chupitos celebramos con complicidad contagiosa nuestra afición por el cine y la figura de Costa como chamán incombustible y magnético de una nueva generación maldita.

Aun hubo tiempo para un par de bares y copas más, hasta que dejé a Belén bailando en una esquina con los pocos orfidales que quedaban, haciendo fotos e historias evanescentes para Instagram, cuando puse rumbo a mi casa, sobre las tres de la mañana, dispuesto a culminar la noche con un nuevo visionado de la película de Petri (a decir por el gran Camilo de Ory, el intelectual español es el único que relee antes de leer) y la lectura de las primeras páginas de aquella revista enigmática y apasionada, que como no podía de otra manera, me condujo de inmediato a los pasadizos de los sueños más nostálgicos, agridulces y paranoicos. Una cosa sí puedo asegurar: no hubo una sola raya en toda la larga noche, lo que me ayudó a conciliar el sueño con mucha mayor facilidad. Es que estos nuevos chicos nos han salido tan espabilados como buenecitos.

Orphanik, como todo tipo de droga legal o ilegal, puede conseguirse por Internet, o si eres de Madrid en librerías como Ocho y Medio o La Central. Y a mí, también si eres de Madrid, me puedes citar para tomar un café y hablar de cine a cualquier hora del día o de la noche.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

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