Louis C.K. (1967-2017)

Llevo tres días viendo de nuevo Better Things, la serie que producen Pamela Adlon y de Louis C.K. para escribir un artículo que tenía que entregar hoy. Antes de empezar a escribirlo he entrado en Facebook para despejar la mente y he visto varios comentarios defendiendo a Louis C.K. desde diferentes perspectivas después de que se convirtiese en el último de los acusados por abusos sexuales en Hollywood. Desde entonces he estado tratando de reconciliarme con mis propias ideas, algunas contradictorias, sobre el asunto, haciendo un brainstorming sobre qué opino de lo que sucede, qué opino de que hayan retirado los contenidos de uno de mis comediantes de cabecera en todas las plataformas digitales, de que hayan terminado, al menos por ahora, con la carrera de un hombre a quien artísticamente admiro, con quien he reído y que produce además mi serie favorita de los últimos añosque tiene todos los visos de ser cancelada también.

He visto a algunos defendiendo a Louis porque fue consentido y entre adultos libres, y he leído la declaración oficial del propio Louis, donde afirma que entiende lo que hizo, aunque habiendo pedido permiso, estuvo mal porque abusó de su posición de poder, porque no tuvo en cuenta que con su influencia y relevancia social, pedir permiso era lo mismo que no pedirlo. Creo que casi toda la sociedad entiende que una situación de tal desigualdad, hacer tal cosa es poner a una mujer entre la espada y la pared: mientras que él siente que sus actos posteriores están justificados, ella con esa petición vive un momento dramático en el que visualiza su futuro laboral, intuye el futuro juicio mediático y la futura invisibilidad y decide, en pocos segundos, que total, para arruinar su vida, prefiere que él se masturbe delante suyo.

Hago un retroceso a la primera vez que vi a Louis C.K. en su serie. En un escenario vacío, vestido de negro, sudoroso, aparentemente inseguro, contando su vida familiar, la vida de padre divorciado, amoroso, un poco torpe, un hombre socially akward en un Nueva York triste pero vibrante, melancólico y lleno de locales en los que nace y se reproduce ese humor de media sonrisa de los comediantes contemporáneos que más nos gustan. Y entonces pensé en mis amigos que han hablado del tema en las redes. Muchos de ellos defienden una idea muy noble y extendida: no a la censura. Entiendo la idea y el proceso mental que te puede llevar a afirmar que está mal que retiren sus series y cancelen el estreno de su película. Me lleva a recordar un debate que presencié sobre Mario Vargas Llosa: «¿Lo leo o no lo leo? », decía alguien de mi entorno: «Porque me gusta su literatura pero políticamente está en el polo opuesto a mí». Yo intervine: «Si yo redujera mis lecturas a la gente con la que comulgo dejaría de leer a más de la mitad de mi biblioteca». Sigo pensándolo, sigo pensando que en el arte, el objeto artístico y la calidad humana o la vida del sujeto deben ser entendidas y juzgadas, en la medida de los posible (la impronta vital siempre está en la obra), de manera independiente. Pero estoy convencida de que aquí sucede otra cosa, de que estamos ante un suceso de tales dimensiones que nada tiene que ver con separar la obra del artista. Estamos ante un momento que seguramente pasará a la historia como el punto de inflexión en el que las personas vulnerables en un contexto social, aquellas que históricamente habían sido silenciadas de forma sistemática por el propio sistema, ahora al alzar la voz no tenían que temer el juicio popular ni el silencio y el ostracismo. De pronto, un montón de mujeres y algunos hombres han podido respirar y decir, simplemente: «Puedo hablar, por fin puedo hablar». Y eso no había pasado nunca.

Estoy triste por Louis C.K. de manera egoísta, me apena dejar de verlo, me apena también que Kevin Spacey deje House of Cards y me apena que están por llegar muchos otros que serán extraídos de la industria de Hollywood. Yo también soy espectadora, también las mujeres y también las feministas vemos y disfrutamos de hombres comediantes. Yo al menos separar a la persona de la obra. Pero me entristece aún más que cancelaciones no responden en ningún caso a un acto sincero de repulsa, sino a una estrategia más de Hollywood y si una serie es cancelada o si vuelven a rodar una película muy poco tiene que ver con que sea justo o noble, sino porque un comité de expertos en marketing y de economistas y de gestores de crisis, casi todos ellos hombres también, deciden juntos que el offender —otro hombre por cierto— les va a salir menos beneficioso presente en pantalla que siendo eliminado. Estoy aún más triste entonces porque añadido al sufrimiento de estas mujeres y aparte de que todas las decisiones importantes sobre este tema han sido tomadas por hombres, resulta que un sector crítico amplio decide que la culpa es de las mujeres y del feminismo que quieren ejercer la poscensura. También, finalmente, me entristece ver cómo, de la misma forma que pasa con cualquier causa o cualquier mejora, el neocapitalismo la absorbe, la engulle y luego la expulsa envuelta en purpurina para regalo popular al que sacarle beneficio. Y ese es el sistema en el que vivimos.

Pero mi tristeza no nubla mi visión de lo que es justo, de lo que está por encima de mí. Y lo que está por encima de mí es la certeza de que esto tiene que acabar, y de que tiene que acabar ya. En todo acto de revolución, por mínimo que sea, tiene que haber pérdidas y estas son las pérdidas más amables que podríamos tener. Sé que se van a perder trabajos, pero las series americanas se cancelan cada día por muchas otras causas y los trabajadores se reubican y siguen adelante. Así funciona Estados Unidos y la industria del espectáculo, y ya nadie se acuerda de Studio 60 on the Sunset Strip . Así que si pierdo veinte minutos semanales de humor para que por fin las mujeres pueda hacer castings sin tener el corazón en un puño cada vez, bien perdidos están.

1 Comment

  1. Brm006

    noviembre 14, 2017 at 6:29 pm

    Yo sí me acuerdo, todos los días, de Studio 60 on the Sunset Strip.

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