Mis vicisitudes progresivas

Viajar desde el pueblo hacia la capital (cesta con viandas pilladas con una guita y boina opcionales) es un periplo que suele concluir de una misma manera para muchos: saliendo del armario. Pero no me refiero necesariamente al despertar homosexual. Existen muchos otros armarios con mucho menos fondo, más amables e incluso con baño, ducha y las revistas porno que guardaba mi padre. Esto es, en los que se está relativamente cómodo. Con tu placer solitario particular. El de los gustos que se disfrutan en la intimidad. Quiero decir, el de pasiones ocultas. No relativas a las revistas porno. Joder. Esta introducción se me ha ido de las manos. Empecemos otra vez.

Me refiero a gustos que, en era pre internet y en la vida de provincias, se vivían en soledad onanística.

Y con esto, dejo las metáforas masturbatorias.

Cosas como ser fan del cómic europeo en un mundo de superhéroes de kioskos y Mortadelos. O reírse viendo cine de mierda. O ser gótico en la Alcarria. Pocas cosas puedo pensar más solitarias que un gótico en la tierra de Perales. O más adecuadas. No sé.

En mi caso, yo era, sin saberlo, fan del rock progresivo. Mis amistades, tanto en mi pueblo (Algeciras) como en mi lugar de acogida universitaria (Sevilla), consumían cosas más normales y, por qué no decirlo, recomendables para el ser humano medio. Sus Ramones o su Nirvana en el lado rockero, sus Spice Girls (de las que me gustaría ser fan), sus Pet Shop Boys (de los que sigo siendo fan) o su pop español (el cual sigue produciéndome estreñimiento emocional) en la tribu más calmada. Incluso su Sonic Youth o The Smiths para los pocos alternativos que había en mi facultad en Sevilla. Porque ser cultureta (en mi época no existían los hipsters) en Híspalis sólo está un paso por encima que ser gótico en La Alcarria.

Sin embargo, yo tenía otros intereses. A mí me gustaba ‘Telegraph Road’ de Dire Straits y los primeros discos de Mike Oldfield con temas de 20 minutazos. En unos 90 marcados por una música que me daba mucho igual (los temas de baile me recordaban a drojas,  la música grunge me recordaba a más drojas y el sonido madchester me recordaba a demasiadas drojas), yo miraba al pasado. En toda la década, creo que el único CD de un grupo de éxito del momento que me compré fue el ‘A Pocketful of Kryptonite’ de Spin Doctors, lo más ñoño e inofensivo de todo el rock surgido de los EEUU en los 90. Sigo defendiendo ‘Two Princess’ como una gran canción chorra. Pero ese es otro tema mucho más triste que incluye una formación tan perdida líricamente como para hacer una canción dedicada al tan importante tema especulativo de que Jimmy Olsen se quisiera follar a Lois Lane. Pocas cosas menos cool que eso en 1991, el año del grunge. Quizá hubieran sido más felices en la sociedad actual en la que lo que mola es ‘The IT Crowd’, ‘The Big Bang Theory’ y hacer referencias a DC y Marvel.

Por supuesto, llegué a Madrid y se produjeron dos hechos coincidentes en el tiempo y liberadores para cualquier persona que vivía su frikismo aislado: internet y el efecto LA CAPITAL.

En Madrid tuve mi primera conexión a la red, mi primera visita a un cine en VOS y mi primera fiesta en la que una aspirante a actriz se lió con todos los hombres asistentes excepto con mi amigo Manu y conmigo. No es que haya asistido a más reuniones con tanta alegría labial, pero esa única experiencia es de las que marca. Sobre todo el momento en el que la chica se subió al balcón y empezó a gritar “¡Que me tiro!”, ante lo cual la anfitriona contestó con un correcto “Pues siendo sólo un segundo piso, lo mismo lo único que haces es partirte la pierna”.

La vida del estudiante de la ECAM.

Porque todo esto de conocer la bohemia local viene por el hecho de estudiar en la Escuela de Cine rodeado de aspirantes a famosos y artit-tas. Otra gente entre las que no vas a encontrar precisamente fans de Yes o Jethro Tull. Pero, si pasas los de la especialidad de dirección o, sobre todo, los aspirantes a actores, y te concentras en la gente que de verdad vale la pena (esto es, depravados que se dedican al sonido o el montaje), puedes darte de bruces con joyas y almas gemelas.

En mi caso fue un compañero de montaje y posterior colega de aventuras en internet, el cual me dijo:

  • ¿Cuál es tu grupo y canción favorita?
  • Mike Oldfield y Telegraph Road de Dire Straits
  • Tú eres un depravado al que le gusta el progresivo. Vas a ser un paria musical toda tu vida. Ahora, escucha este CD de Camel.

Y ahí la jodimos. Porque creo que es el momento de explicar para los que no lo sepan qué es esa cosa anatémica para la prensa musical desde los 80 hasta los 2000 que se conoce entre los fans de viejo cuño como ‘Rock sinfónico’, entre los fans más expertos como ‘Rock progresivo’ o, entre las novias de los aficionados como ‘Por dios, Paco, quita eso y pon a Roxette o me abro las venas’.

No hay mucha gente que sea sólo aficionada casual a la música que conozca el progresivo o ‘prog’, que es como nos referimos a él en reuniones en las que todo el mundo liga menos uno (sí: sigue doliendo). De hecho, en la época en la que yo descubrí la palabreja, lo más normal es que el resto de mis amigos lo asociaran con un tipo de música de baile que hace que tus tímpanos intenten huir de tu cuerpo confundidos por vía rectal.

El género nació a finales de los 60 cuando los Beatles empezaban a aburrirse. Paul McCartney (el miembro bueno del grupo) decidió que lo de siempre le daba sopor y, mientras que Lennon (el miembro atormentado-icono cultureta- pero no tan bueno del grupo) se volcaba en ligar con japonesas avant garde, él pensó en una especie de disco conceptual en el que experimentar con varios géneros, tipos de canciones y orquestaciones más atrevidas, con un ojo puesto en lo que habían hecho los Beach Boys con ‘Pet Sounds’.

Ringo, por su parte, estaba ocupado en molar y no creerse su suerte de poder follar groupies con esa cara. Pero eso es otra historia. Otra historia probablemente más interesante.

Un par de meses más tarde, la discográfica Deram (subsidiaria de Decca) quería probar un nuevo sistema de sonido con un disco en el que un grupo pop interpretara con orquesta una pieza de música clásica. Los elegidos, unos recién reformados The Moody Blues, decidieron que al carajo. Que serían sus propias canciones. Así se grabó ‘Days of future passed’ y, con el éxito del single ‘Nights in White Satin’ se comprobó que esto de hacer canciones largas podría ser comercialmente viable. Sorprendentemente, el mundo comprobó que se puede gritar ‘Oh how I love you’ con toda una sección de cuerda detrás sin resultar lamentablemente ñoño. Claro que ese es el tema: el ‘ser cool’ todavía no existía, y en la época se podían expresar sentimientos más arrebatados que toda la discografía de Camilo Sesto sin que un tipo con barba y gafas sin cristales te mirara por encima del hombro calificándote de hortera por no aceptar que lo que molan son las emociones contenidas de Morrissey o la “agradable impericia instrumental” y actitud contestataria carente de todo sentimiento de The Clash.

 

Luego llegó un grupo como King Crimson, que la armó gorda, y estableció definitivamente el género. El género cultureta por antonomasia de aquellos años. El de largas suites, complejos cambios de ritmo, instrumentación extravagante y letras sobre reyes y princesas o, en el caso de Jon Anderson de Yes, sobre absolutamente nada inteligible. Lo gracioso es que la gloria apenas duró hasta el 76, cuando la prensa empezó a cansarse de Emerson Lake and Palmer o Genesis y decidió que había que volver a las canciones rock cortas y preferiblemente mal tocadas en aras de una supuesta frescura que, si escarbabas un poco, olía tan fresco como la pescadería de Ordenalfabétix.

 

De esta manera, lo que fue la cumbre de lo cool y de mirar por encima del hombro al resto de aficionados a la música se convirtió, como Robert Neville en ‘Soy Leyenda’, en un anatema del pasado a destruir. Gente que no cabía en el nuevo mundo de los Sex Pistols o, gracias a peich que el punk también pasó rápido, el de los sintetizadores de Vince Clarke o el de las gloriosas hombreras de Spandau Ballet.

Así quedó, durmiente, durante un par de décadas. Con fogonazos de respiración asistida en el Reino Unido (Marillion) o en EEUU (Rush). Porque los aficionados a D&D que no acababan de convencerse con el heavy metal necesitaban algo con lo que alimentarse en sus respectivos armarios de frikismo.

Pero ocurrieron dos cosas. Primero, llegó internet de calidad. Sabéis lo que eso supuso: Efectivamente, porno. Pero también otra cosa: porno fetichista. Y, secundariamente, que freaks de cosas extrañamente específicas se pudieran poner en contacto. Los fans del progresivo descubrieron que no estaban solos. Se acabó ocultar tu amor por Gentle Giant. Resultaba que no estabas solo con tu depravación. Por lo tanto, se empezó a reeditar toda la gloria sinfónica en CD y a surgir grupos nuevos de sitios tan absurdos como Suecia o Hungría. Se crearon listas de correo y redes de intercambio de CDs. Yo formé parte de una. Estaba llenita de depravados que te daban explicaciones claras sobre cómo fotocopiar el librillo del disco y con qué tipo de papel.

Por otra parte, la prensa empezó a darse cuenta de que había grupos que hacían canciones largas y complejas. Ellos lo llamaron ‘Post Rock’. Porque, recordémoslo, ‘Rock progresivo’ seguía siendo una palabrota mucho más fea que ‘Potorro’ o ‘Génova 13’. El líder de Radiohead se desgañitaba en internet diciendo que no hacían prog. Pero nada podía ocultar que, tras unos lustros, muchos se habían vuelto a cansar de lo de estrofa – estribillo – estrofa – puente – estribillo y querían otra cosa. El heavy, de hecho, empezó a orquestarse, a citar a Bach y a declarar por lo bajo que siempre habían sido fans del ‘Thick as a Brick’ de Jethro Tull.

Llegados a este punto, retomamos las aventuras del Paco Martínez Soria de Algeciras en la Gran… ¿Manzana? No. La forma de Madrid es un tanto más amorfa. La Gran Ameba. Sí. Queda mejor.

En La Gran Ameba la vida cultural ofrecía más posibilidades. De entrada, por pura matemática, era más probable que alguien que pulurara en los foros de progresivo de internet viviera en tu barrio. Yo conocí así a Charlie Marlow, escocés fan de Camel, Pink Floyd y, aunque parezca una depravación, Greenslade (no preguntéis) que acabó escribiendo en mi blog ‘Vicisitud y Sordidez’, destrozando así toda posibilidad de contacto carnal con chicas jovenes deseables o aspirantes a actrices que se enrollan con todo el mundo.

Sí: el rechazo sigue doliendo.

A partir de estos encuentros con gente como Marlow o mi compañero José Ramón Lorenzo, coautor del nombrado blog, se fue formando un grupillo que siempre coincidía en los pocos conciertos que se daban. Muchos de ellos organizados por un puñado de fans jugándose su dinero, los cuales venían a las colas para entrar en los recitales de las formaciones más populares intentando propagar la palabra de su pequeño grupo que con tanto esfuerzo habían traído a Madrid. “¿Conoce usted la palabra de Nuestro Señor Jadis?” “Estamos aquí para darle la Buena Nueva de Pendragon. Dentro de tres semanas en la sala Ritmo y Compás”.

Entre los más activos dentro de este círculo de fans había un señor surgido de los 70 reviviendo viejas aficiones llamado Luis Adiego. Su nivel de quijotismo le llevaba no sólo a coincidir con los Sospechosos Habituales del prog (de concierto a concierto ya iban sonándonos las caras) u organizar conciertos: incluso abrió un sótano-pub-zulo donde se podía escuchar sinfónico mientras se tomaban unas cervezas. Una visión de negocio de las que me gustan: impulsadas no por las neuronas, sino por un corazón al que le han crecido dos cojones. El concepto, si no me falla la memoria, se llamó ‘La cara oculta de la luna’, por aquello de Pink Floyd. Digo ‘concepto’ y no ‘bar’ porque el local se mudó en una ocasión de sitio. Siempre con idéntico resultado: no más de tres locos con su Mahou mientras en la pantalla se ponían espantosos vídeos de la etapa de ‘The Piper at the Gates of Dawn’ o del cantante más fea del rock: Geddy Lee.

Fueron tiempos gloriosos.

 

De hecho, uno de mis recuerdos más dulces de mis primeros años en Madrid se produjo en ese local de Adiego. Estando en la cola para ver Camel (posiblemente el grupo más infravalorado de la historia de la música), una joven rubia muy guapa se acercó a mi corro de amigos. Nos dio unos folletos de publicidad de un concierto de versiones de Yes y Genesis. “Probablemente sea la desgraciada novia del cantante”, comentamos conscientes de lo que había.

Y lo que había es que apenas conocíamos a mujeres que escucharan sinfónico. Mi propia novia tuvo un leve desmayo de pura desesperación durante un concierto en La Riviera de Yes (gira The Ladder y momento memorable que, dado lo triste del evento, llevó a Jon Anderson a querer hacer un CD con orquesta y abandonar las giras cutrongas). En un concierto de Tull, a un amigo mío le metió mano una chavala. Dos meses después, él salió del armario. ¿Casualidad? Claro que sí, puñetas. Pero todo esto viene a decir que un evento de prog no es que sea básicamente un campo de nabos: es que se trata de un ESTADIO de nabos. Un COLISEO de nabos. Una SELVA TROPICAL sólo de zanahorias. Con el tiempo y la popularidad de las composiciones largas en el chochi-metal (ya sabéis: Edenbridge, Lacuna Coil, Nightwish…), la cosa ha mejorado sustancialmente. De hecho, recientemente estuve en un concierto de Fish en el que a mi lado estaba una chica guapísima. Con su novio en actitud protectora tan pegado a ella que haría falta un microscopio atómico para comprobar si se podían separar y si, efectivamente, al hacerlo se producía una explosión nuclear.

Pues estábamos con la chica que repartía panfletos. No era la novia del cantante. Era LA cantante.

Obviamente, todos nos enamoramos de ella.

Así que arrastramos a nuestras amistades a los conciertos que daba el grupo, llamado Topographic en homenaje al más aburrido disco de Yes. Hasta hacían ‘Close to the Edge’ entera, según expertos como yo mismo, la mejor canción para follar. Porque hacerlo al ritmo del tópico Bolero es repetitivo y aburrido. Sincronizarlo a una canción pop supone acabar en cuatro minutos con gran insatisfacción y sensación de no haber amortizado el precio del preservativo. Sin embargo, los cambios de ritmo y ambiente de esta canción propician un polvo mucho más variado (incluyendo preliminares) que, por ejemplo, hacerlo a ritmo de música dance. Imaginaos ser mujeres y tener que aguantar a un bakala perforando durante veinte minutos a todo meter y sin variar el ritmo. Se acaba con las paredes vaginales como un acordeón. Yes propicia mucha más imaginación. Dónde va a parar.

El grupo, de una calidad técnica para quitarse el sombrero y bajarse los pantalones, duró poco. Del prog no se puede vivir y varios miembros, en un momento profético de lo que sería la Esppppaña de la siguiente década, tenían que emigrar. Naturalmente, mi compañía de proggers formábamos su único club de fans fatales sin lazos de consanguineidad. Así que acabamos todos juntos en el bar de Adiego tras la actuación de despedida. Tomando una birra mientras sonaba ‘The Dog The Dog, He’s at it Again’ (una canción de Caravan con letras tan sutiles como ‘It’s coming on and on and on’), me di cuenta de que una cosa así, con un grupo local y sus pocos fans, podría pasar en Algeciras, Albacete o Alpedrete. Pero hacerlo con gente de progresivo, en un bar de progresivo y poniéndose progresivamente más borrachos sólo podría ocurrir en Madrid.

Y sí: he tenido que hacer un juego de palabras obvio con lo de ‘progresivo’. Porque tanto internet no sólo consiguió que conociera la vida alternativa sinfónica sino que también me llevó a ser un escritor mediocre de blogs desesperado por parecer ocurrente. ¿Podría haber invertido mi tiempo, en lugar de escribir, en ir a fiestas con actrices locas que no se enrollarían conmigo? Evidentemente. Pero en una ciudad con tiendas como La Metralleta (para tiempos con poco dinero) o la desaparecida Melocotón (para cuando quería soltar 30 eurazos en un CD de progresivo japonés de importación), siempre he preferido quedarme en casa escribiendo mientras escucho mi absurdamente grande colección de discos.

Porque sí: ya sé que está internet. Incluso en aquellos primeros años 2000. Pero pocas cosas me gustaban más entonces que pasar mis horas en las tiendas de Tres Cruces (que fueron progresivamente – dios mío, lo he vuelto a hacer – cerrando) o Melocotón. Sobre todo pidiendo en ésta última que me pusieran un poco de un cd tan oscuro que no estaba ni en Napster ni en Audiogalaxy. Gastarse todo tu presupuesto en ese clon de The Moody Blues del que habías escuchado sólo 3 minutos, llegar a casa y descubrir, aliviado como cuando te viene una biopsia de pólipos de colon negativa, que el resto del CD estaba a la altura. Me llamaréis viejo, pero esa ruleta rusa de invertir un pastizal tras tirarte una tarde entera buscando el disco para el que tienes presupuesto ese mes, para luego descubrir que era bueno, es un subidón que, con el cierre de casi todas estas tiendas decentes y la posibilidad de encontrar casi todo en internet, se ha acabado. Era como vivir en el Vietnam de ‘El cazador’, pero usando reediciones de discos oscuros de los 70 de los que se hicieron 99 copias en su momento como munición.

 

Poco a poco, el progresivo empezó a dejar de ser una palabrota. Steve Wilson se convirtió en un señor de culto que no se avergonzaba de sus fuentes y que es apreciado hasta por compañeros míos de trabajo de 27 años. Los kioskos de Sol empezaron a vender la revista ‘Prog’ justo al lado de sus hermanas ‘Blues’, ‘AOR’, ‘Classic Rock’ y, espero que algún día ‘Polka From Hell’. La comunidad del sinfónico se amplió con Facebook y la gente no dudaba en reconocer que ‘Godspeed You Black Emperor’ era un grupo al mismo tiempo prog y con el nombre más acojonante de la historia.

La locura ha llegado a su zénit cuando descubres que vienen King Crimson y Alan Parsons y hasta tus amigas se pelean por ir a verlos. Naturalmente, lo que ha pasado no es que a todo el mundo le gusten las canciones con cambios de compás sacados de la chorra, sino que, del mismo modo que la descarga de libros, cine y tebeos ha hecho que los freaks pongan de moda los juegos de mesa otra vez como vía en la que gastar sus cuartos, la disponibilidad de toda la música a sólo un golpe de ratón ha generado grupos de gente que van a todos los conciertos de la ciudad. Les gusten o no los grupos que tocan.

Lo cual está bien. No soy elitista. El prog mutó de ser la música de los que se creían superiores y no follaban a ser la de los que se reían de Rick Wakeman y seguían sin follar. El baño de humildad de los 80 y 90, el tiempo como corriente underground le vino bien. Justo cuando yo me apunté al carro. Gracias a vivir en Madrid, conocer a gente y no perder el tiempo en ir a fiestas en las que aspirantes a actrices se enrollan incluso con tus amigos gays, pero no contigo por ser bajito y freak.

A lo mejor si hubiera sido fan de Genesis, habría tenido algo de que hablar con ella. Claro que habría dicho que Phil Collins es mejor que el cultureta-artit-ta de Peter Gabriel y me hubiera escupido.
Con razón.

 

8 Comments

  1. pakolo

    noviembre 4, 2017 at 10:52 am

    Toda tu historia es lo mejor que he leído en todo lo que llevamos de mes. XD Para mi el progresivo es uno de mis placeres (cada vez menos) culpables.

  2. Andy

    noviembre 4, 2017 at 5:41 pm

    Paco,

    Espectacular el artículo. Lo podría haber escrito yo mismo, si no fuese porque no tengo tiempo. Bueno, la verdad es que no tengo talento. Ni ganas, en fin….

    Conozco y amo a todos esos grupos que mencionas. De pequeño era fan de Yes, aunque también de Rush (por cierto: son canadienses no de EEUU), Queen, Pink Floyd, King Crinsom, Alan Parsons, EL&P y un largo etc. Ah, y aunque no viene al caso, también de Génesis.

    También me pasaba horas en las tiendas de discos buscando EL cd que me hiciese llegar al Nirvana (no confundir con el grupo del mismo nombre). Hasta tuve mi fase de escuchar a grupos con nombres de estados de EEUU, como Kansas, Oregon, Texas y aunque me cueste admitirlo Boston y Chicago.

    Hace poco fuimos con mi hija a ver Dream Theater, a los que podríamos englobar dentro del Prog con más contenido ferroso. La pasión por el Prog pasa a la siguiente generación.

    Un saludo,
    Andy

  3. Alberto

    noviembre 4, 2017 at 8:28 pm

    Llegaste algo tarde al estilo supongo que por edad, pero me he reído mucho con tu artículo. Lo reconozco en parte como autobiográfico. No hay mucha gente que de “verdad” le guste este tipo de música. Yo soy coetáneo del estilo, es decir crecí con él y compré esos discos de fantásticas portadas el mismo año de edición. Toda mi vida llevo haciendo “docencia” del frikismo prog como dices: radio, fanzines, prensa y ahora blogs (Rock Liquias). Pero te digo una cosa: siempre ha sido y seguirá siendo un camino a recorrer en solitario. Pasa lo mismo con la música clásica del siglo XX, me refiero a los compositores modernos de la primera mitad de siglo con los que los amantes del rock sinfónico están completamente emparentados. No hace falta que te lo explique porque lo entiendes perfectamente. Es la música de la soledad y con los años cada vez más y no pasa nada. No necesitamos la aprobación de nadie y la opinión de los demás es completamente irrelevante. Yo entiendo y de hecho lo hice en mis años jóvenes, proclamar a los cuatro vientos, las bondades y maravillas de una música extraordinaria y la hostia que te llevas es contundente. Craso error. Los “sinfónicos” nos sentimos superiores…es cierto y es un privilegio natural que nada tiene que ver con la pedantería o el snobismo. No pasa nada si nadie te entiende. A mi me parece fascinante tener esa suerte aunque digas que los progs follamos poco. Depende. Si no hablas de música o de arte, follarás más…seguro. No sirve la excelencia y el ser rarito en la mentalidad general. Lo sabes y lo dices en tu artículo. Se valoran otras cosas más sencillas y cotidianas salvo excepciones. Si quieres ligar hablando de música, olvídate. Es lo que hay y es la cruda realidad. Si tienes amigos pasa lo mismo a no ser que encuentres un alma gemela. Disfruta de lo que sabes y quieres pero se consciente de que a los que nos gusta la música, el camino ha de recorrerse en solitario forever and ever. Un saludo.
    Alberto Torró

  4. Woody

    noviembre 4, 2017 at 9:14 pm

    Qué impresionante sentimiento de ser comprendido
    Gracias

  5. José Suárez

    noviembre 5, 2017 at 1:59 am

    Genial artículo, me has sacado más de una risa.

  6. Phobos

    noviembre 8, 2017 at 3:57 pm

    Y mi duda es, ¿qué problema hay con Greenslade?

    • Phobos

      noviembre 15, 2017 at 11:19 am

      Lo digo en serio, a mí me gustan y no termino de entender el por qué de esa “depravación”. Supongo que algo me habré perdido.

  7. Brnrd

    noviembre 12, 2017 at 3:20 pm

    Te falta el tag a Gentle Giant….Just kidding, gran entrada y extrapolable, aún hoy, a un joven de 50 años de provincias.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *