Nadie se mete con Elton John: Kingsman, el círculo de oro

Digámoslo ya: Mark Millar es una jodida mina de oro. Y no lo digo sólo porque Netflix haya comprado los derechos de adaptación para crear un universo compartido por la mayor parte de sus personajes, sino porque su material, bien empleado, puede servir para insuflar aire fresco al género de superhéroes (‘Kick-Ass’), robustecer los cimientos dramáticos de sus iconos más queridos (‘El viejo Logan’) o reinstaurar en las películas de agentes secretos (‘Kingsman’) el aura desenfadada, cachonda y pulp de los últimos Bond encarnados por Sean Connery y los primeros de Roger Moore. Aunque en esta ocasión, tanto los recursos empleados por el equipo técnico -el mismo que en la anterior entrega, debo suponer- como los del propio director para montar persecuciones y secuencias de destrucción trepidantes, se han duplicado en pro del espectáculo, y algo menos hacia los niveles autoparódicos del primer episodio.
Eggsy (Taron Egerton) se ha convertido en un experimentado miembro de los Kingsman, sigue viendo a sus viejos amigos del barrio y está prometido nada menos que con la Princesa de Suecia. Ahora tratará de impedir que una trastornada megalómana conocida como Poppy (Julianne Moore) extienda por todo el mundo las redes de su organización criminal, El Círculo de Oro.
‘Kingsman: El Circulo de oro’ (2017, Matthew Vaughn) es al blockbuster de espías moderno lo mismo que un chorro de agua fría taponada con el dedo que, al dejarla salir, se desata de golpe, dejando de lado el oscurantismo realista que reprime a las franquicias actuales de 007 o Jason Bourne, y mostrando sin complejos la cara más amable de este género: el chico convertido en héroe, sus aliados u/o mentores, las set pieces de acción cuyo sentido de la diversión es inversamente proporcional al de su credibilidad y, finalmente, una chica que, en verbigracia al renovado paso de los tiempos, ha pasado de ser un adorable objeto de deseo al que los héroes deben salvar a ejercer de adorable objeto de deseo del que los héroes deben salvarse. El don de una maquiavélica -y espléndida- Julianne Moore para ejercer el hijoputismo de una forma tan deliberadamente naïf resulta tan cuqui como la hilarante pulsión nerd de una empollona Halle Berry, irreconocible bajo esa desgarbada mata de pelo revuelto y unas gafas que, si te despistas, te harán confundirla con Carles Puigdemont.
A todo esto, y lo menciono así como de pasada, ¿es demasiado pronto para coronar a Pedro Pascal (Juego de Tronos, Narcos) como el nuevo Burt Reynolds?
Como única pega, aunque poco relevante, señalar el cacao mental que se arma un guión donde, en algunos momentos, se quiere ofrecer una visión desprejuiciada y normalizadora sobre el consumo de drogas, y otras veces, se reeduca al espectador tratando de convencerle de que su uso nunca trae nada bueno. El momento en que Ginger (Halle Berry) adopta un tono aleccionador y le sugiere al agente Tequila (Channing Tatum) que se limite a beber alcohol es particularmente vergonzoso.
Por lo demás, salta a la vista que Matthew Vaughn -pese a algún tropiezo como productor en reboots heridos de muerte sobre familias marvelitas con superpoderes- se ha convertido en el alumno que supera a su maestro -y ex socio- Guy Ritchie, con quien ejerció labores de producción en ‘Snatch’ y ‘Lock and Stock’. Es una buena noticia para él, y por supuesto para quienes, al entrar en una sala de cine, sólo pretendemos distraernos con un chirigotero ejercicio de entretenimiento y explosiones, perros robot asesinos y el mismísimo Elton John asestando patadas voladoras.
Metámonos dentro del círculo y admitamos de una vez por todas que el regreso de los Kingsman vale todo su peso en oro.

Calificación: B+
Lo mejor: Su radical falta de interés en ser algo más que una distracción.
Lo peor: ¿Drogas sí? ¿Drogas no? Ni al propio Vaughn le ha quedado claro.

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