¿Por qué no matamos a los niños enfermos?

 

El otro día tuve la oportunidad de escaparme para echar un vistazo al último juguete de moda de la parroquia de la versión original, “Declaración de guerra” de Valérie Donzelli. No negaré que es una película competente y hasta cierto punto inspirada, e inspirada de una forma plácida y hasta feliz, pero visto lo que va la gente diciendo ahora de ella, y cuando hablo de la gente me refiero sobre todo a los críticos, no tendré más remedio que empezar a encontrarle peros. Una pena, porque la película es bien bonita, aunque en ningún caso una obra maestra. Tiene, eso sí, todos los elementos para ganarse según qué simpatías. En primer lugar cuenta con una directora monísima y muy francesa, más mona que Miranda July, y más francesa que Miranda July, y, por descontado, bastante mejor de la cabeza. Estoy seguro de que si la hubiera hecho la Coixet actual su público objetivo habría arrugado el ceño, sólo por incordiar. Una directora, además, con bagaje de sufrimiento, de experiencia personal directamente imbricada en la narración, una de esas cosas que aún no ha nacido el crítico que no respete y reverencie. Cuenta además con un mensaje final sentido y pertinente, una lanza rota por la sanidad pública, que queda la mar de bien tras el camino de espinas. Y narra una historia antigua, muy de Estrenos TV de la vieja Antena 3 (una pareja de padres guapos enfrentados a la enfermedad de su hijo) resuelta de forma moderna, o cuando menos, modernilla. Por forma moderna quiero decir repleta de moderneces indies, qué si no. La jugada es arriesgada pero nunca sacrifica el tono ni el fondo, ni las reglas del melodrama –ha habido alguno que la tildado de tragicomedia, pero es melodrama puro y duro-, lo cual significa que, a fin de cuentas, tampoco arriesga mucho, más allá de algún chistecillo desconcertante e inane, alguna pirueta formal puramente exhibicionista y algún guiño de desesperada complicidad, como la canción a là Demy, que, en el fondo, es casi lo que más me gustó y lo que más voy a recordar. No apuesta por la lágrima fácil, en teoría, pero no tiene reparo alguno en colarnos una de las escenas más exageradas e histéricas del melodrama reciente, como es la sucesión de reacciones al descubrimiento de la enfermedad del chaval, momento en el que la cosa linda no ya con la tragicomedia, sino con la comedia involuntaria. Todos estos elementos que a unos les mueven a la simpatía y a la postración, a mí me ponen un poco en guardia, y a pesar de ello, he de reconocer que la sensación final es de haber visto una película lo suficientemente honesta, con un raro equilibrio entre delicadeza y trucaje. Un telefilme vestido de Prada. Un hermoso melodrama, vamos.

Lo que está claro es que estamos ante una de esas películas hechas para hacer pensar. En mí caso particular, los pensamientos no han avanzado en la dirección que su autora pretendía, intuyo, sino en la contraria: “Declaración de guerra” me ha traído a la cabeza los debates sobre la eugenesia y la eutanasia. Y todo a raíz de un breve comentario que pude oír muy de pasada, cuando me ausenté un momento para visitar el lavabo a mitad de la película, procedente de una parejita de hipsters tirando a desastrados y con pinta de muy aburridos que disfrutaba y padecía el espectáculo en segunda o tercera fila, entre mohines, gemidos y asentimientos. Él a ella, o al revés: “Pobre niño. ¿Por qué no se lo cargan ya y acaban con su sufrimiento?”. Era más una sugerencia que un chiste, ojo. Cierto es que la película, estructurada y enfocada como canto a la vida (qué bonito queda dicho así, muy de discurso de photocall o rueda de prensa) esto ni se lo plantea, pero todas las perspectivas luminosas están condenadas a despertar interpretaciones oscuras, incómodas, casi disfuncionales. Y durante el ratito que estuve en el servicio, por tanto, no dejé de dar vueltas y vueltas a la cabeza: “¿Qué ocurriría si estos bellos y jóvenes franceses llegaran a la conclusión de que la única forma de poner fin al sufrimiento propio y al de su retoño fuera acabar con su vida? ¿Si ambos coincidieran en que la lucha por su supervivencia tiene tan pocas posibilidades de éxito que no merece la pena sacrificar su felicidad, su futuro profesional, o su futuro como pareja, por una contingencia tan remota y escurridiza?”. Me asusté. Sólo saqué una cosa en claro: me habría gustado mucho más ver esa película, la primera -que yo sepa- en plantear cinematográficamente el debate del aborto postparto. Y lo cinematográfico como siempre tiene que ver con lo moral, y la moral, como intentaré demostrar, cada vez anda más cerca –para mal, tal vez- de la eterna búsqueda de la comodidad, del adocenamiento y la justificación de la culpa. Nos inventamos redenciones probables cada cinco minutos y las tuiteamos: somos así de ingeniosos.

A lo que voy es que no estamos tan lejos, hoy día, de los presupuestos de la eugenesia. Con todo la primacía de la libertad del individuo, Locke – tan dañino o más que, pongamos, Adam Smith- pasado por la mentalidad de Starbucks, McDodald´s o Steve Jobs, los libros de autoayuda e iniciativa empresarial del Vips, o la llamada superproducción de afectos (copyright de Fernández Porta, y fíjense ustedes, no me sangran los dedos al citarlo), esa mercatodecnia modelna, esa ley de la oferta y la demanda aplicada a emociones y sentimientos. Meetic para estados carenciales del alma. Y, al frente de todo, ese oscuro fundamento que nos dice que el hombre en el estado naturaleza no era un cretino, sino un tío majísimo que incluso dejaba propina y te invitaba al café, y que la naturaleza misma, en el fondo, no es mala tía, y sólo se pone de malas con el síndrome premenstrual, cuando le da por desatar tsunamis, crepúsculos podridos o tempestades… o cuando le da por regalarnos niños con tumores terminales o malformaciones. La libertad absoluta del individuo, ajeno a lazos y controles estatales e institucionales, esencia de la derecha liberal (es decir, de una derecha sin el tamiz de la moral religiosa), ha pasado a convertirse en uno de los emblemas del neoprogre concienciado.  No sé si esto es absurdo o no, pero al menos resulta bastante confuso, como lo es que aborto y eutanasia constituyan hoy día una parte cada vez más fundamental de los programas progresistas. De momento, un poco paradójicamente, la gente sigue rasgándose las vestiduras cuando filósofos como Alberto Giubilini y Francesca Minerva se atreven a plantear la opción del infanticio -o aborto posparto, nada que ver con el posmodernismo o el poshumor-, cuando su iniciativa no es más que una consecuencia natural del curso de las cosas, y de estos tiempos, y estoy seguro de que algún día no nos parecerá tan descabellada.

Revisemos el libro de notas de la opinión pública. La eugenesia es mala porque nos recuerda a los nazis, y la eutanasia mola porque nos hace pensar en Ramón Sampedro y en Alejandro Amenábar. La superpoblación es un problema que sólo compete a los pobres chinos y que puede que algún día nos afecte a nosotros, pero cuando ya estemos muertos, y los hijos de nuestros hijos también estén criando malvas. La imposición y el control estatal sólo conducen a las utopías diabólicas de niños rubios y grandes hermanos cabrones. Y si al Estado se le suma la Iglesia, pues ya la pifiamos de punta a punta. Más tópicos que se me ocurren… vale, de acuerdo, no podemos matar niños, pero el aborto es un emblema de la libertad de la mujer. Y sí podemos en cambio confinar a los ancianos en los asilos. Y la palabra “anciano” no está bien vista, no porque signifique nada ni porque tenga matiz peyorativo, sino porque significa lo que significa: anciano. Los asilos, en los titulares de los periódicos, no son hostales de ancianos, ni siquiera son asilos, sino residencias de mayores. Con esto sólo quiero llegar a que las ideas de lo que nos parece moral o inmoral, monstruoso o admisible, también cambian con el tiempo.

“Declaración de guerra” nunca deja de ser, aunque a veces lo esconda, una película profundamente católica, lo que hace bastante chocante que su mensajito final pro-sanidad pública guste tanto entre las plateas fundamentalmente agnósticas. Hablo de una moral invisible, que nos afecta a todos por igual, y que no tiene nada que ver con creer en Dios y en ir a misas los domingos. Una moral sutil y elástica que por no tener, tampoco tiene por qué ser negativa. Aventuro que tiene posee más elementos positivos que perjudiciales y que gracias a ella tenemos un esquema ético mínimamente riguroso, necesario para la convivencia, que nos impide cometer cierto tipo de excesos –entre ellos, el exceso de matar sin criterio niños enfermos o simplemente feos-, o que provoca que algunas cosas ni tan siquiera se nos pasen por la cabeza. Debemos mucho al catolicismo, y cada una de nuestras pequeñas decisiones le deben mucho también, porque es el único pensamiento que hemos recibido que se las ingeniado para construir una moral, todo lo discutible que se quiera, pero infinitamente práctica, coherente y asimilable. Una moral, como dirían ahora, apta para las multisalas, pero también para los circuitos de V.O.

A nadie debería extrañarle que la Iglesia Católica sea tan tajante condenando la eugenesia y la eutanasia, incluso se muestre muy crítica con el proyecto Genoma Humano, que no deja de ser, pese a sus nobles objetivos y beneficios, una especie de eugenesia intelectualizada, con corbata, cercana a la “eugenesia positiva” defendida en su momento por intelectuales como Aldous Huxley, Bernard Shaw, Graham Bell o Winston Churchill. Su posición -la de la Iglesia- está clara, defender la obra de Dios, que el hombre no incida en ella, no la disvirtúe, no interrumpa el cuso de la naturaleza, menos para acabar con una vida humana o, por lo menos, prediseñarla. Sin embargo, hay algo inherente a la fe católica que me repele profundamente, y es la predisposición a considerar la enfermedad, al igual que el sufrimiento, como una parte intrínseca del legado de Dios, y que por tanto no nos queda más remedio que respetar porque sí. Tal vez nuestra única responsabilidad como hombres sea convertir el mundo en un lugar mejor, aunque ya aprendimos de los nazis lo peligroso que es justificar medios con fines, más entonces cuando esos objetivos también eran bastante disparatados y no perseguían una mejora de la calidad de vida sino la supremacía de una raza sobre otra. A mí, con todo, me asusta más la llegada de un nazismo liberal, “políticamente correcto”, que lo que defende la Iglesia, no sé si por lo de malo conocido. Tampoco es extraño que en su persecución y condena de la eugenesia, la Iglesia, o cualquier portavoz de la derecha católica y tradicionalista, llegue a los extremos de compararlo todo con las barbaridades nazis, el cocido de niño chino o el asesinato de adolescentes con síndrome de down. Aun así, siempre hay cosas que se escapan…

En el lado opuesto situamos una derecha liberal, cada vez más universal, hasta el punto de general su propia moral, una moral que remite obviamente a Locke antes que a Hobbes: la libertad del individuo a cualquier precio, una confianza extrema en el hombre sin ataduras sociales y una apuesta por la pérdida del poder del Estado. Dentro del tema que nos interesa, es igualmente comprensible que la derecha liberal defienda la desregulación del aborto y la eutanasia, y dada su voracidad, no me extrañaría que acabara compartiendo muchos de los presupuestos de la eugenesia positiva y con el tiempo incluso algunas de las ideas de Francis Galton. El problema más preocupante, qué duda cabe, es la ausencia de límites. Hasta ahora las fronteras las ha marcado la derecha católica, que en muchos otros aspectos no ha tenido más remedio que aliarse con la derecha liberal. La izquierda, en cambio, parece un poco perdida, quizá por qué ha puesto más empeño en confrontar la religión que el capitalismo, llegando a asumir como propias muchas ideas liberales, hasta tal punto de desterrar cualquier postura moral por parte del Estado o sus instituciones confundiéndolas con una perspectiva religiosa o tradicionalista.

Llegados a este punto es inevitable hacerse otras preguntas: ¿Es un disparate la intervención del hombre en teoría darwinista de la selección natural? ¿Puede el ser humano, tan limitadito él, mejorar las decisiones de la naturaleza? Quizá sea yo la persona menos adecuada para responder a esto, porque como ya he dicho, desconfío por igual del hombre y de la naturaleza, entendida también como designación divina. Pero… ¿no es la política del hijo único, establecida en las zonas urbanas de China en 1979, otra variante de esta intervención humana, o una forma moderna de la teoría de Huxley sobre el amordazamiento a la Ciencia, que tarde o temprano acabará aplicándose en muchos países que tengan que hacer frente a la superpoblación? Y si nos quitamos del todo la careta católica… ¿está esto tan lejos de los avances de la eutanasia infantil de Holanda, o de los principios de la eugenesia?

Quedémonos con una frase que le repetía constantemente Lynn Redgrave a su hija en ficción, una magnífica Sherilyn Fenn, en la serie de culto “Pasados de vueltas”: “Si te mato ahora… ¿podría considerarse un aborto?”.

httpv://www.youtube.com/watch?v=X7aMlrf8nW0

Tal vez algún día sí. Y en ese momento “Declaración de guerra” nos resultará tan lejana como “Reefer Madness” o la Ley Seca. Cualquier cosa menos subestimar la arrasadora tendencia del individuo a la búsqueda de su propia comodidad.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

1 Comment

  1. Anónimo

    marzo 2, 2012 at 4:29 pm

    “Pasados de vueltas” es una de esas series que han pasado muy a la ligera y que es genial. Genialmente deprimente.

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