Sala B: Movida en la Filmoteca

De un tiempo a esta parte, el cine de serie B quizá se ha identificado demasiado con el placer inmediato y autocombustible, con un cutrerío risible y displicente,  algo que el espectador posmoderno tiene que mirar por fuerza con cierta condescendencia, como parte de un juego, de un cachondeo, de una juerga sin fin a costa las disfuncionalidades y defectos de la obra como objeto de mofa, siempre colectiva, y celebración descerebrada y pagana. La prensa especializada ha dejado su espacio a esta invasión de bárbaros, próceres de un primitivismo cultural gazmoño, de un regreso a las cavernas cómplice en el que se combinan por igual la burla grotesca y cruel con un extraño y casi paradójico cariño por las películas exhibidas y defenestradas, no ya por su fuerza contracultural, sino por su carácter delirante, novedoso o, las más de las veces, psicotrópico. Nada tendría quien esto escribe en contra de estos nuevos trogloditas del escapismo cinéfago y sus celebraciones ebrias y escandalosas, sanas y disfrutables dentro de sus obvias limitaciones, si no fuera porque por lo general les da igual ocho que ochenta. En su cabeza se ha perdido el contexto, se ha olvidado la imprescindible necesidad de buscar lo bueno en lo malo y lo malo en lo bueno. Para ellos, todo es basura de la misma calaña, y en ese sentido no dudan de meter en el mismo saco a Paul Naschy que a Jess Franco, a Umberto Lenzi que a Lucio Fulci o a este y a Mario Bava. Y no, no todo es lo mismo, y la mal llamada cultura basura necesita hoy más que nunca de gurús que delimiten los campos, que expliquen los matices, que separen la paja del grano y que relativicen los errores y los aciertos ante la masa amorfa de hooligans. Algo tan simple cómo hacerse preguntar a la gente por qué nos gusta esto, por qué nos fascina esto otro, por qué encontramos aquello tan cercano, incómodo o liberador.

Por esto mismo una iniciativa como Sala B, promovida por Álex Mendíbil y Carlos Reviriego, en el mismo corazón de la filmoteca madrileña, es tan necesaria y oportuna. No para anular la otra visión de las cosas y el anterior acercamiento al cine de género, sino para complementarla. Así pues, los últimos miércoles de cada mes estos señores programarán, después de escarbar arduamente en los jugosos archivos de la misma filmoteca, una selección de títulos, cortos y largos, de cine maldito y de culto, no necesariamente marginal, no siempre de serie B, no siempre de arte y ensayo, pero que coincida en abrir en la mirada del espectador un nuevo ramillete de visiones y alternativas sobre la actual oferta audiovisual en la capital. Los límites, por tanto, son todos y ninguno, y por eso cada sesión propone ser una sorpresa, y las películas se proyectarán en 35 mm, creando un aroma de cine añejo que para nada quiere emparentar con la pedantería y mucho con la nostalgia y respeto al propio celuloide de otros tiempos no mejores pero sí distintos, en el que surgieron, a contrapié, los realizadores y películas más sorprendentes, marcianos e inéditos.

Estamos a miércoles por la noche, la semana pasada. Llego al primer pase con dolor de estómago, producto de un virus que me ha estado rondando y pinchando más de la cuenta, con la seguridad de no aguantar la sesión completa pero una curiosidad desbordante por paladear el clima que allí se respira. Nada más entrar coincido con Juan Sánchez y Paco Clavel, sentados en una mesa junto a la pequeña librería de la filmoteca. Juan Sánchez es un hombre culto y educadísimo, un pozo de sabiduría y de buenas ideas, y todo un pedazo de pan de corazón tierno y alma noble, promotor de ideas tan interesantes como el Cinema Oh Culto!, que ha rescatado títulos como Cocaína, Gay Club o la maravillosa Corazón solitario, en un ambiente casi más folclórico que hipster. Hablamos un ratito de la figura de Mendíbil, que a los dos nos fascina y apasiona desde los primeros números del 2000 maníacos y el libro de culto (imprescindible en mi primera y temprana educación sentimental) La noche de los sexos violentos, y del gusto con el que han sido elegidas las películas de la sesión inaugural.

Tomando vinos en cafetería rápidamente localizo a Jordi Costa, a David Bizarro, a Manuel Romo, a Pedro Temboury, a Teylor del Castro, al propio Mendíbil. Con Romo coincido más veces, pero hacía mucho tiempo que no veía a Pedro Temboury. Me alegra encontrármelo allí, nos saludamos con un abrazo. Temboury fue el máximo responsable de dos películas mágicas e impagables, Kárate a muerte en Torremolinos y Ellos robaron la picha de Hitler, antes de convertirse en lo que es ahora: un excelente director de documentales sobre sus dos grandes pasiones, el surf y el skate. A mí me apena que Temboury no continuara su trayectoria cinematográfica en el cine narrativo, pero puede que en ese momento el país ya no necesitara un Jess Franco. Una pena. Peor para nosotros. Pero se ha reinventado a sí mismo y está tan feliz, tan punk, tan jovial y tan ramonino como siempre. Lo mismo se puede decir de Romo, que aunque ahora trabaje con Íker Jiménez y sea todo un señor padre de familia, para mí siempre será el director de los Hijomotos y de Faloman. Qué tiempos aquellos. Cuando el low cost, el cine de guerrilla, era todavía serie B macarra. Luego ganó en afán experimental, pero el contenido lúdico se fue al garete. Supongo que el público también pedía eso. Pero estos dos, junto a gente como Borja Crespo, fueron la penúltima gran generación de la serie B disfrutona y gamberra. ¿Cómo no los voy a admirar hasta las entrañas?

Empieza la sesión. Llenazo, guay.  Una pena, no hay demasiadas mujeres ni demasiada gente joven. Es como un día normal en la filmoteca. En mi burbuja, doy vueltas al último capítulo de I love dick. Esperemos que Sala B se expanda y alcance otros ánimos, porque sé de sobra que hay muchas mujeres y muchos jóvenes en general que se pirran por el cine oculto y de culto. Incluso se han currado un fanzine coleccionable para todas las sesiones; todo parece organizado con un cariño y detallismo encomiable, impropio de estos eventos, por lo general atropellados y aparatosos. Nuestros anfitriones han elegido la madrina del evento con un gusto exquisito. Teresa Gimpera sube a la palestra. Me emociono. Se le nota que no quiere hablar mucho, o que no se acuerda de todo, o que no quiere recordarlo todo, pero está simpática y elegante. Nos cuenta cómo no entendía ni papa del guión de Fata Morgana. Nosotros tampoco, pero aun así la película nos encanta. Así somos, qué le vamos a hacer. Con las dos películas seleccionadas y la presencia de Teresa la cosa ha quedado como un homenaje a Cataluña con destellos de la escuela de Barcelona de lo más pintón y oportuno. ¿Considerará nuestro gobierno que su selección ha sido un referéndum ilegal por no tener validez jurídica? Vete a saber. Mejor me callo.

La cosa sigue como sigue. Mendíbil está un poco nervioso, pero sus preguntas son firmes y precisas. Se ha guardado un as en la manga, un corto de los años treinta, Esencia de verbena, protagonizado por el mismísimo Ramón Gómez de la Serna y lleno de pasajes lúgubres, eróticos, inquietantes, grotescos e hilarantes. Luego llega el bajón, o el subidón, según se mire. Lejos de los árboles del finado y llorado Jacinto Esteva. La película más incorrecta para inaugurar un ciclo de estas características, y también la mejor. “Creo que es como una especie de mondo, ¿no?”, me pregunta Temboury. “Mezcla Hoy como ayer de Ozores con Las Hurdes de Buñuel y Adiós África y te sale esto”. Los ojos de Pedro se iluminan. Disfrutamos del fantástico documental en reverencial silencio. El público se estremece ante las escenas más terribles de este documento seco y sórdido sobre las dos Españas, de nuevo lo viejo y lo nuevo, particularmente con la carrera de burros flojos, el burro lanzado montaña abajo o las heridas abiertas de las procesiones, que luego volverían aparecer en Kika de Almodóvar. Demasiado para un vegano. Demasiado para un animalista. Por cierto, a la salida, Mendíbil nos comenta que mataron al burro de verdad para hacer la película. Que Dios nos coja confesados. Nos sentimos como delincuentes jóvenes en un colegio mayor cercado por la Guardia Civil, todavía vírgenes de las tentaciones del capitalismo de la seducción. Nos sentimos bien, aunque tengamos ya treinta y muchos o cuarenta y tantos.

Salimos a fumar con un poco de mal cuerpo, pero felices porque a continuación nos espera una película disparatada, fresca, inclasificable y juguetona: Que nos quiten lo bailao del nunca suficientemente reivindicado Carles Mira. Mendíbil ya la ha comparado con justicia con los Monty Phyton en su presentación, pero la película va incluso más allá en su delirio cañí; lo dice uno que durante una temporada de su vida no paraba de escuchar sus canciones cada día, nada más levantarse, Yo me retiro, me despido de todo y de todos. Sigo teniendo el estómago achicharrado y quiero irme a la cama con el amargor del documental de Esteva. Ya sé que Sala B mola y quiero repetir. Para el próximo mes nos esperan nada más y nada menos que una película de Manuel Caño y el documental sobre el fanzine 2000 maníacos. Yo ahora me leo los tochazos del Mondo Brutto y los disfruto, pero con 20 años era maníaco a muerte. No me interesaba otra cosa. Incluso fui promotor y responsable de uno de sus hijos bastardos, espero que no el más tonto: el Mudhoney. Qué tiempos. Esta noche es todo nostalgia y dolor de tripa.

Al día siguiente, un eufórico Jordi Costa comparte en su Facebook que ha encontrado las canciones de la peli de Mira en el Spotify junto con una aguda reflexión sobre las dos Españas, aquella que refleja el documental de Esteva y la de comedia desmadrada y fallera de Mira. Me arrepiento de no haberme quedado, pero ahora sé que no voy a volver a faltar.

¿Qué estremecedores y ocultos tesoros nos deparará Sala B? Buzón de sugerencias, Álex: Los claros motivos del deseo, Gorilas a todo ritmo, Bajo en nicotina, A contratiempo, Esa cosa con plumas, Cada vez que…, El encargo del cazador, El violador violado, Susana, Crimen imperfecto, Un cero a la izquierda, Vida en sombras, De cuerpo presente, Cinco tenedores, Mi hija Hildergart, Dimorfo, La boutique, Cuidado con las personas formales, Las melancólicas, El perro, Un verano para matar, Marta, De profesión: polígamo, Ángeles gordos, Mi primer pecado, Trampa sexual, Hola señor Dios, Encuentro de parejas frente al mar, Sexperencias, Sinatra, A mí que me importa que explote Miami, El pantano de los cuervos, Trágala, perro, Juego de amor prohibido, Las secretas intenciones, La próxima estación, El poderoso influjo de la luna, El triangulito, Un rincón para querernos, Salto mortal, ¿Pero no vas a cambiar nunca Margarita?, Mónica del Raval, Cuernos de espuma, Dios bendiga cada rincón de esta casa, La piel quemada, Una pareja distinta, Verbo…

Y así hasta el infinito. Bravo.

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

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