Tenemos que hablar de Kevin

Siempre he pensado que una de las cosas más terribles que puede pasarle a una persona es ser agredida sexualmente. Al daño físico que produce la vejación de su cuerpo hay que añadir la herida moral que se le causa. Es sabido que muchas mujeres tras ser violadas resultan traumatizadas de manera tan intensa que no vuelven a tener relaciones sexuales e incluso afirman que hubiesen preferido que las mataran a sufrir la violación. Supongo que con los hombres agredidos de manera tan atroz sucede algo similar. Todos estas víctimas se merecen nuestra solidaridad y cariño.

En las últimas semanas han aparecido en los medios casos de abusos sexuales cometidos por hombres importantes y famosos. Harvey Weinstein, Brett Ratner, James Toback, Louis CK, George Bush Sr, Dustin Hoffman y Joseph Blatter, entre otros, han sido acusados por mujeres de haberlas agredido sexualmente, en algunos casos violándolas, en otras sometiéndolas a tocamientos y otras formas de violencia sexual. Ciertamente son actuaciones deplorables, aunque yo dividiría a los agresores en dos categorías. Por un lado, estarían los depredadores, aquellos hombres que odian y desprecian a las personas del sexo femenino, considerándolas meros objetos sexuales, y que actúan con ellas de manera sistemáticamente vejatoria, como si siguieran un plan – los despreciables miembros de La Manada serían un buen ejemplo-. Entre estos depredadores incluiría a Harvey Weinstein o James Toback.

Otros agresores no son, a mi juicio, depredadores. George Bush Sr. o Joseph Blatter, por citar dos, creo que son más bien el fruto de una educación machista en la que la mujer tenía que mostrarse sumisa y dispuesta ante la asechanza del hombre, que actuaba de manera dominante. Estas actitudes son muy irritantes, pero creo que están en desuso y que las nuevas generaciones son más respetuosas con las personas que les atraen sexualmente.

Lo que que sucede en estos casos es que a agresiones de diferente gradación se les responde con un rechazo de idéntico nivel. Es comprensible: son muchas acusaciones consecutivas y los acusados son personalidades renombradas, y en ocasiones (Bill Cosby), muy queridas por el público, que se queda en shock y reacciona con cierta histeria. Pero que sea comprensible no quiere decir que sea justo. Alivia saber que la carrera del violador Harvey Weinstein prácticamente ha finalizado, pero, ¿vamos a declarar enemigo público a Dustin Hoffman porque hace años le tocara el culo a una asistente en un rodaje? Yo creo que no hay que llevar las cosas demasiado lejos.

Las productoras de cine y televisión han tomado drásticas medidas para detener bruscamente las carreras de estas celebridades, lo que implica la cancelación de sus películas y series de televisión –y el despido del equipo artístico y técnico, la suspensión de contratos con proveedores, publicistas, etc -. Estoy seguro de que estas decisiones son tan radicales porque están inmersas en la dinámica de oferta y demanda en la que se mueve el mercado del cine y la televisión, y se intuye que los proyectos en los que participan los implicados en estos desagradables asuntos no serían bien recibidos por la audiencia. No se trata de escrúpulos morales. Es dinero, como siempre.

El caso de Kevin Spacey es para mí muy singular. Su nombre salió a la palestra cuando otro actor, Anthony Rapp, lo acusó de haberle acosado durante una fiesta en casa del actor hace treinta años. Sin entrar en detalles, Spacey, borracho, se puso cariñoso con Rapp, pero éste pudo zafarse de él. Nada inusual en una celebración en la que corrió el alcohol y me imagino que las drogas, salvo por el pequeño gran detalle de que Rapp tenía 14 años, esa edad en la que se ha dejado de ser niño pero aún no se es un hombre. Creo que fue un grave error por parte de Spacey, pero francamente, no entiendo muy bien que hacía ese chaval saliendo de marcha de madrugada. Además, que Rapp se fuese a la habitación de Spacey y se tumbara en su cama no fue la mejor idea de la historia. No quiero culpabilizarlo, ni mucho menos, pero creo que ambos actuaron con torpeza. Por lo que he leído sobre Spacey, nunca ha cometido ninguna violación ni ha coaccionado a nadie para tener sexo. No es Harvey Weinstein. Un chico con el que intentó ligar y le rechazó declara que le dejó en paz de inmediato, y luego le oyó sollozar en su habitación. Me parece una figura un tanto trágica. Alguien posiblemente atormentado por su homosexualidad – es muy elocuente el hecho de que la mantuviera en secreto cuando las salidas de armario se habían generalizado – y desesperado por amar y ser amado. Tiene las manos un tanto largas, sí, pero no creo que se merezca que le despidan de House Of Cards, que Netflix no quiera saber nada más de él y encima que vuelvan a rodar sus escenas en una película, Todo el dinero del mundo, con otro actor en su papel. 

Concienciarse sobre la gravedad de un problema tiene, por desgracia, un efecto adverso: la paranoia social. En el caso del acoso sexual se corre el peligro de llegar – si no ha llegado ya – a pensar que los hombres son potenciales violadores y a confundir agresiones con acercamientos. ¿Es una proposición una agresión? No creo que lo sea, aunque resulte discutible si es impropio que un jefe se insinúe a una empleada, dado su obvio ascendente sobre ella, y mucho menos es una agresión que un chico entre a una chica en una discoteca un sábado de noche. La paranoia social puede hacer que se equiparen ambas situaciones, y eso sería lamentable.

Que las víctimas hayan roto su silencio, tanto por su propia dignidad como por el efecto disuasorio que puede tener sobre futuros acosadores, es enormemente beneficioso para ellas y el resto de la sociedad. Aunque preocupa que se acabe considerando acoso a lo que es un mero acercamiento o que haya una reacción desproporcionada hacia los ofensores, lo más importante siempre es el apoyo y la simpatía hacia las personas que han sufrido estas desdichadas situaciones.

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