Yo fui un marica bakala adolescente

Una fantástica aventura repleta de maravillas, un viaje a un reino místico de imágenes y sonidos. Si no fuera porque es la intro de Dark Crystal podría colarlo como el comienzo de mi relato. Pero el mío es otro mundo en el que una pequeña parte de la juventud de finales de los ochenta, rebelde e inconformista, con ganas de cambiar su mente y evadirse de un futuro incierto, experimentó un fenómeno social emergente acompañado con nuevas drogas de diseño vírgenes, una música hipnótica y taladrante en discotecas de culto donde este ritual se repetía como un aquelarre todos los fines de semana sin descanso y sin un fin perceptible para los sentidos, sentidos distorsionados. Yo pude vivir este acontecimiento que se bautizó como “Ruta del Bakalao”, o como lo llamaban en Valencia, madre de este movimiento: “Ruta Destroy”. Los más puristas dicen que el periodo empezó allá a finales de los ochenta, y, ya decadente, daba sus últimas boqueadas a mediados de los noventa. Más o menos del 86 al 96, aunque los últimos años, evidentemente, ya nada era lo mismo ni lo volvería a ser.

A continuación voy a tratar de relatar algunas de mis experiencias que viví acompañado de mi pandilla, cuatro dieciochoañeros que no faltaban a su cita todos los fines de semana. La Pato, Sara, Dani y yo, empezábamos el viernes por la noche y regresábamos a casa de nuestros padres los lunes por la mañana. A veces, cuando el cuerpo y la mente nos lo permitía, nos quedábamos a la sesión del Ritual que era los lunes por la noche. Todo lo que cuento es real y, aunque mis colocones eran muy grandes, recuerdo algunas cosas como si fuera ayer, otras las he borrado para siempre.

El Quo era un pequeño garito en Móstoles al que empezamos a ir los viernes. Se suponía que eran nuestros primeros fines de semana de fiesta, yo tenía por aquel entonces 16 años. Aquella noche estaba yo solito esperando a los demás, allí me encontré con Angelito, un chaval bien guapo del barrio, con el me comí una pastilla. Nos dio rápido el subidón ya que eran pastillas muy fuertes las de esos años, pero el pedo no era suficiente, nos comimos otra, y alcohol, y más alcohol, con tanta droga del amor nos dio calentón y Angelito me ofreció salir a un garaje al lado del garito a meternos un tiro de speed, una vez allí sacó la papela y nos pusimos tibios del polvo, me fijé que Angelito estaba empalmado, me dijo que si quería que me follaba –¡Coño, vale!, acepté sin dudar-, y de la emoción me saqué el pantalón con las zapatillas puestas, unas New Balance 577 míticas de esa época, él se tumbó con la polla fuera, yo me coloqué encima dejándome caer sobre su polla tiesa con el peso de mi cuerpo, vi las estrellas y de un brinco salté, antes de volver a situarme. A pesar del pedo sentí el dolor, era como una inyección, pero me dio igual, recuperé el aliento y me volví a encajar en su polla, follamos muy bien, tengo buen recuerdo del polvo si no fuera porque había manchado de sangre. No podía ni quería casarme con él, pero Angelito me había desvirgado, por mi parte ya había hecho alguna mamadita antes, pero el culo era inmaculado hasta esa noche, así que como el que no quiere la cosa, acabo de contar como perdí la virginidad anal. No está mal para empezar con esta historia. Volvimos al Quo y allí estaban ya mis amigos, al vernos pensaron que a Angelito le habían apuñalado.

En otra ocasión, recuerdo vagamente un domingo por la mañana, que habíamos vuelto del Saratoga, una discoteca de sábados por la noche, estábamos en Móstoles esperando a La Pato que tuvo que ir a casa para dar el pego un rato y luego retomar e irnos al Attica a seguir el pedo, cerca de su casa, más bien la casa de su madre. Había un parque y en un banco la esperábamos bien ciegos los otros tres, no recuerdo de qué estaríamos hablando pero seguro que de nuestro particular “Así habló Zaratustra”, que en nuestro caso era “Así habló nuestra pastillita“. Entre risas y bromas vimos como La Pato llegaba corriendo desencajada, pensábamos que se había metido una raya de speed (que le molaba mucho) por el rollo acelerada, pero no, nos contó que su madre y su hermana la habían pillado pedo por las pupilas y que no la dejaban salir de casa, así que nos relató nerviosa que para evitar que la dieran otra paliza, como de costumbre, el instinto de defensa hizo que las gaseara con el spray pimienta antivioladores. Sara, Dani y yo nos quedamos alucinados, la consolamos y la acompañamos para que llamara desde una cabina para ver cómo estaban, cómo las había dejado. Al descolgar el teléfono al otro lado de la línea la hermana la amenazó para que no volviera nunca a esa casa, así que La Pato, con lo puesto, se fue unas semanas a casa de su padre que vivía por Cruz del Rayo en Madrid. Pero ese día, lo que sí recuerdo es que seguimos los cuatro de fiesta, porque tampoco íbamos a desaprovechar la oportunidad por una tontería semejante.

Una noche llegamos muy pronto al Friend’s. Llegamos en medio de una sesión de domingo por la noche, ese día iba con un macarra de barrio, en plan delincuente, reformatorios, policía, toda esa mierda…, pero eso es lo que me daba morbo de él. Se llamaba Héctor. Héctor había empezado el finde con mis amigos de siempre pero no sé dónde se habían quedado después del Radical, que era la discoteca anterior al Friend’s. Héctor me dijo que nos fuéramos a dormir un rato la mona a algún portal cerca. Encontramos uno abierto, subimos al último piso dónde encontramos un espacio muerto, allí nos acomodamos, en seguida nos quedamos dormidos, yo me desperté en mitad de la noche y Héctor seguia dormido, tenía un buen paquete, dudé si meter mano al tema, mi duda poco duró, se la empecé a tocar y se empalmó. ¡Divina juventud! Le saque la polla de la bragueta y se la empecé a menear. Héctor no tenía una gran polla pero la tenia recta y de buen color, lo que sí tenía unos huevos gordos de toro. Yo sabía que estaba despierto y se estaba dejando pajear, así que yo seguía como tonto, algún gemido tímido le salió, hasta que se corrió y su leche salpicó como un cohete hacia el infinito, se la devolví a su sitio, y me dormí de nuevo. Nos despertamos a las cuatro de la tarde, una putada porque los pases de puerta vip que teníamos solo valían hasta las dos, así que pensé en vender mis gafas Ray-ban Balorama customizadas y traídas de Andorra, y con ese dinero entramos en el Friend’s y compré algo de droga, eso sí, tengo que reconocer que me salió cara la paja. Tardé un buen rato en darme cuenta que mi camiseta tenía un estampado nuevo, la corrida seca de Héctor.

Mi querido Dani se ligó a una chica rubia muy guapa en el Fun Factory el sábado por la mañana, y la chavala vivía cerca, así que nos invito a todos a su casa ya que sus padres estaban fuera. Con un moco digno de sábado, estábamos esparcidos por el salón, Dani y la chica se metieron a follar a la habitación, yo miraba a mi alrededor y veía mucha gente desconocida con caras desencajadas, seguramente iguales o más grotescas que la mía, gente que se habría ido acoplando, algo muy normal en estos mundos. Me quedé dormido del mismo pedo. A nosequé hora me despertaron los gritos de la chica de la casa, igual que en una peli. La habían desvalijado. La pobre, medio loca, solo lloraba y hablaba de joyas, que si la iban a matar sus padres, pero cuando vas tan drogado tu mente divaga entre la realidad y la paranoia, te rallas y no distingues bien lo que realmente está sucediendo. No podíamos consolarla más así que Dani, La Pato, Sara y yo nos bajamos al Racha, que era la sesión que seguía al Fun Factory. De el racha recuerdo, también vagamente, un par de cosas: que a una conocida que se llama Thais, una negra go-go guapísima, la quemaron el ojo con un cigarro, y que su amiga transexual había comprado unos pendientes de oro a unos bakalas como nosotros que deambulaban perdidos por ahí.

Y ahora que he recordado a Thais, una vez en el Over Drive, al que ella era muy aficionada, en mitad de la pista bailando los temazos oscuros y puros que mezclaba Mulero como nadie, Thais como de costumbre iba bien puesta. Tenía una gran trenza postiza que perdió al hacer unos giros bruscos con la cabeza, su peluca salió disparada hacia la oscuridad de la sala como un boomerang pero sin retorno, nos pusimos a buscarla como desesperados. Thais estaba mocha, debíamos recuperar su look, así que nos pusimos a cuatro patas tanteando con las manos el terreno hostil, rifándose pisotones de los que bailaban ajenos, pero nada, ni rastro de la trenza, seguimos con la fiesta y el pedo de pastillas y speed.

Ese mismo día, en Radical sesión de domingo tarde, la discoteca tenía dos salas, la interior y una exterior con piscina, en un rincón de la pista exterior había unos toldos con aspersores que pulverizaban agüita para darte subidón mientras bailabas mandibuleando: una gozada. La Pato se había teñido su larga melena de rojo indio, así nos dijo que se llamaba el tinte, era una “Christine F” de periferia. Nos metimos bajo la lluvia y bailamos frenéticos y arrítmicos. Empezamos a ver como en vez de  agua del aspersor brotaba sangre o aún peor, nos brotaba a nosotros de los poros de la piel. Pato estaba empapada en sangre estilo Carrie, aunque nada más lejos de la realidad: era el rojo indio de su vestido que desteñía al contacto  con el agua. Menudo susto, nos consolamos tomando otra pasti. En conclusión, que entre la trenza de Thais y el tinte de Pato, digamos que fue un finde muy capilar, por ponerle un nombre chorra. Horas después en pleno frenesí en la pista interior del Radical un chaval bakala se acercó a bailar con nosotros, llevaba algo en la mano que movía a modo batuta dirigiendo la música, y resultó ser la trenza de Thais.

Y como broche final, una mañana de Attica, me dio cagalera con los subidones de las pastillas. Estaba el baño lleno y me tocó esperar, me situé frente a un cuarto para el relevo, por el hueco que hay debajo de la puerta se asomó una cara de mujer con carrillos grandes y me dijo que me acercara. Obediente, me arrodillé sobre el mosaico de meados para ver que me quería decir y lo que pretendía era que le hiciera un dedo metiendo el brazo por el hueco. Y yo pensé: “¿Por qué no?”. Me hacía gracia la idea de hacerle un dedo a esa chica, así que metí el brazo, ella me guió la mano y sentí como mi dedo corazón de introducía en un agujero gelatinoso y se meneaba. El cuadro era tan impactante como impagable, yo de rodillas con el brazo por debajo de la puerta y mi dedo metido en el coño de la muchacha, ella se lo pasaba bien, yo estaba en una postura incómoda, pero con el cuerpo medio anestesiado de las drogas, nada importaba. Ella al ratito acabó, me levanté y la pajera salió del baño feliz, era una chica rechoncha con un vestido de flores de colores, me dio las gracias y con la misma se marchó, muy educada. Yo, entonces, entré y solté un buen zurullo.

Mi modesta experiencia con el caballo, heroína para los desorientados, fue con una de las chicas de esta misma banda. Recuerdo que Sara siempre llevaba la raya del ojo estilo Tura Satana. Estábamos en el párking del Radical, era muy típico hacerse la fiesta allí, dentro de algún coche, con música a toda pastilla y, por supuesto, drogas. Sara estaba enrollada con un chaval habitual de la ruta que fumaba base, el caballo aún resistía estando presente a principios de los noventa pero la empezaban a desbancar las vírgenes drogas de diseño, pese a que la heroína siempre ha mantenido un buen puesto entre las drogas, sobreviviendo a diferentes épocas. Estábamos en el coche del ligue de Sara de pedo, nos ofreció una chupadita de base, le dimos candela, al principio es una sensación de pedo pesado de alcohol acompañado de mal cuerpo de cólico, por lo menos a nosotros nos sentó fatal, la cabeza como un bombo, también reconozco que tenía una sensación de paz absoluta, paz mundial. Sara se pasó toda la tarde como Stan Marsh, vomitando sin parar. Hablabas con ella y en mitad de conversación giraba la cabeza y echaba una pota tan compacta como el parásito de Hidden (con forma de plátano macho); baile de pota; salpicón en las zapatillas; baño pota; redecorando los azulejos; coche inundado de pota; y todos con la cabeza fuera por la ventanilla. A medida que pasaba la tarde y el pedo se afincaba en mi cuerpo y mente tenía una sensación extraña, un cosquilleo por todas las articulaciones y una sensación incómoda de bienestar, ansioso confort, valga la paradoja. Pero no fue una mezcla agradable. Tanto a Sara como a mí la experiencia no nos gustó mucho y no volvimos a repetir.

En medio de todo este maldito embrollo, Dani y yo nos tomamos un fin de semana de relax, estábamos cansados de tanta tralla, nuestras mentes lo pedían, así que preparamos nuestros bártulos y nos fuimos de camping, a uno que solía ir su familia en vacaciones, cogimos el Vitara negro de Dani y partimos sobrios rumbo San Juan, Alicante. Llegamos el viernes por la tarde, montamos la tienda de campaña, nos acomodamos, estaba todo listo para nuestro gran retiro de desparasitación. El sábado después de haber pasado todo el día en la playa, haber cenado y todo eso, estábamos en la tienda tirados, ya bastante aburridos de nuestros disfraces de buenos chicos. Dani se quedó dormido, sólo llevaba el bañador puesto. Yo siempre había sentido atracción por mi amigo, era y es un tío muy bueno, y en aquel momento estaba profundamente dormido, su cuerpo a merced del sueño. El primer giro inconsciente me deleitó con su gran culo respingón y atlético que te da el haber jugado muchos años al fútbol. Me quedé observando largo rato aquella obra maestra de la genética, todo el tiempo que involuntariamente me ofrecía. Sentí ganas de morder, estrujar y chupar aquel culo privilegiado. El siguiente giro inverso me descubrió un gran paquete aun mejor que su culo, aunque bueno, esto podría ser objeto de debate. El bañador se le ahuecó y aproveché para agudizar mi vista, afinando la perspectiva conseguí ver su polla a través de la rejilla de forro del bañador, y allí estaba, el gran falo de mi amigo, dormido con él, también a merced del sueño. Le rendí culto un instante, entonces como demostración de mi admiración y deseo carnal quise besar su polla, me incliné hacia ella con boca de piñón, pero en ese momento se tiró un sonoro pedo, y yo,  como víctima de un gas somnífero me deje caer hacia atrás y me quedé frito. A la mañana siguiente cansados de tanta farsa decidimos ir a Madrid del tirón, no podíamos perdernos la fiesta dominguera de Attica, Radical y Friend’s, teníamos pastillas. Éramos mochileros pastilleros –unos más, entre tantos otros- que volvían de su exilio voluntario y acabamos en el Ritual el lunes por la noche, y en uno de los momentos de descanso, puesto hasta las cejas, garabateé este poema que aún conservo en una trozo de papel que al día siguiente descubrí en uno de mis bolsillos:

Oda al pene

Oh polla kilométrica,
oh polla microscópica.

Tú que me elevas,
tú que me condenas.

Te quiero latente,

te quiero impregnando.

Oh polla malvada,
oh polla alada.

Llena mis vacíos,
Nunca te separes de mi ser.

Una de estas tardes me había anochecido en Radical metido con Dani en su Vitara. Estábamos de bajón de pastilla, papones, con ojos de oriental, Dani daba cabezadas. Justo entonces recordé que tenía una pastilla en el bolsillo monedero de mi 501 que me había dado Pato, me la comí entera. Al rato me subió de golpe toda la droga que corría por mi sangre, desperté la bestia, sólo quería bailar y desparramarme, en pleno subidón rico, felicidad absoluta, amaba hasta a los asientos del coche, pero Dani quería dormir la mona, no teníamos la misma sintonía, así que decidimos a pesar de mi superpedo ir a echar una cabezada a una pensión antes de entrar al Friend’s para cerrar el finde. Me encontraba tumbado en el catre y Dani junto al mío, en un ambiente calmado, yo le decía que podía mover la lámpara del techo de un lado al otro de la habitación, Dani roncaba, también me hacia ilusión mostrarle como podía coger los cigarrillos de su paquete de Fortuna que los tenia encima de su mesilla, desde el otro lado donde yo estaba, tenía el poder de coger y mover por el aire, y jugar con la lámpara, y abrir y cerrar las cortinas desde mi cama. Era feliz sintiéndome como un poltergeist cañí mientras Dani daba espasmos y hablaba en sueños.

            Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en un banquito que había en la entrada del Friend’s, veía doble, como si todo tuviera un aura de colores, lucecitas por todos los lados, fuegos artificiales constantes. Me levanté a buscar a mis amigos al sitio donde siempre nos poníamos, en la barra redonda, me costó llegar porque todo estaba alterado, me miraba las manos y eran verdes, el camino a la barra se me hizo interminable. Pato, Sara y Dani estaban en su sitio bailando como posesos, mandíbulas batientes, al verme se me quedaron mirando con extrañeza. Sara me dijo que de dónde coño había sacado las gafas de 3D que llevaba puestas. Yo no sabía cómo habían llegado esas gafas a mi cara, nunca lo he recordado, me las quité y antes de decir una sola palabra Pato me metió una pastilla en la boca, era otro trébol, unas pastillas top del momento amnésicas y alucinógenas, y continuamos con el desparrame enérgico y vital como si tal cosa.

Dani después de unos años enganchado a la cocaína, recondujo su vida y encontró el amor. Ahora tiene un hijo y es empresario, sigue más guapo si cabe, me alegro infinito por él. Sara estudió peluquería, se casó y es feliz con sus dos hijas, o eso parece, alguna vez la he visto en el pub de un conocido. Sigue agarrándose colocones esporádicos.

Pato también encontró el amor y formó una empresa con su novio, estuvo muchos años en tratamiento psiquiátrico, hoy por hoy tiene una vida sana y equilibrada. La llamábamos la Pato por la boca que ponía al vomitar, boca de pico de pato.

Escribiendo estas líneas no he podido evitar emocionarme al recordar a mis amigos de ruta. Aunque se han difuminado en mi vida, siempre los tendré en el recuerdo. En el 97 perdimos el contacto, cada uno siguió un camino y de la noche a la mañana nos separamos sin más explicaciones. Yo decidí cambiar esta forma de vida porque las drogas empezaron a sentarme mal, creo que abusé de ellas. Igual que Pato estuve en terapia unos años, no las he vuelto a probar desde entonces. Creo que, para lo que ha sido mi vida hasta este momento que me mantengo sano y alejado de la noche, fue imprescindible el haber pasado por todo esto y haber experimentado con las drogas, a pesar de acabara pagando algunas consecuencias. De vez en cuando escucho alguna sesión de algún dj famoso de la época, y me gusta introducirme por unas horas en todo ese mundo loco, desparramado y distorsionado, recordar aquellos años veloces y disparatados, que a muchos nos sirvió de evasión, para perdernos en nosotros mismos o incluso para encontrarnos. O incluso puede que, sin necesidad de ponernos trascendentes, tan sólo fuera diversión sin más, una etapa de diversión y desenfreno que necesitas atravesar para descubrir quién eres y lo qué te gustaría hacer con tu vida en el caso de sobrevivir.

 

Bizarre Hunter fue abandonado al nacer en la puerta de la discoteca Attica allá por los noventa. Una camarera de la discoteca decidió llamarlo Bizarre, que era un nombre que le hacía mucha gracia. El padre que amparó a la criatura fue el novio de esta bakala, un chico fanático de la serie B y de los cómics, y Bizarre fue apellidado Hunter en homenaje a las viñetas de Mike Ratera publicadas en el Creepy. A los 18 años Bizarre Hunter decidió emanciparse, y para ello tuvo que despedirse con tristeza de sus papás en la puerta del Attica. Y ahora este inmundo chico vaga por el mundo observando detrás de cada esquina, o por encima del hombro, todo aquello que le gusta para después poder contároslo en La Paz Mundial.

1 Comment

  1. Maria

    septiembre 2, 2017 at 8:25 am

    El QUO. Joder, qué recuerdos

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