ENTREVISTA A JOSÉ PAZÓ, AUTOR DE “EL LIBRO DE LA RANA”

 

Conocí a José Pazó a través de Irina C. Salabert, que acababa de editar en Nocturna las memorias de Kiki de Montparnasse con el título de Recuerdos recobrados. Ella hablaba maravillas de él y de su trabajo entre bloody marys y citas de Dickens. Irina no regala los cumplidos y efectivamente el libro valía su peso en oro: la suya era una tradución que se intuía implicada, personalísima, casi propia de los autores que llegan a obsesionarse con sus personajes o los científicos de bata blanca que se enamoran de sus ranas de laboratorio (no sé si esto sucede realmente, pero, tal y como veremos, las ranas volverán a tener mucho que ver en la obra de Pazó, así que tendréis que aceptarme la imagen por el momento). A José le debo el descubrimiento de un personaje como el de Kiki, amiga y amante secreta de los elitistas bares parisinos de los años veinte, donde conoció a Cocteau, a Modigliani y a Man Ray. Recuerdos recobrados no sólo insufló poderosa energía a los días que acompañaron su lectura, sino que me confirmó que a menudo los personajes de fondo son capaces de retratar una época con mayor viveza y autenticidad que sus supuestos protagonistas. Propongo su autobiografía como un necesario contrapunto a la espuria ñoñería de Midnight in Paris.

Y entonces, cuando ya casi me había olvidado de él, de Kiki, y casi hasta de Irina, sorprendí a José publicando El libro de la rana· en la editorial Langre, una recopilación de cien versiones libres de un famoso haiku de Basho ilustradas por él mismo. Un delicioso experimento que aúna rigurosidad con provocación,  ideal para un verano de chapuzón y nenúfares. Tras su lectura me sentí tan animado que no tardé en hablarle de La Paz Mundial.  “Somos una web que combina amor al cine de serie B y órdenes de alejamiento por parte de festivales de cine de autor con encedidos tributos a Paramore, Iker Jiménez y Salvador Sostres”; “Ya”, respondió él, algo aturdido, sin poder ofrecer resistencia. No hay nada como haber publicado recientemente para encontrarte desarmado ante el delirio ajeno. ¡Y cómo disfrutamos nosotros aprovechándonos de esas cosas!

¿Puedes comentarnos cómo arranca un proyecto tan particular como El libro de la rana? ¿Por qué decides hacer tú también las ilustraciones?

En ese momento vivía en Japón. Leía mucha literatura japonesa. Los libros japoneses, especialmente los ehon, libros-pintura, libros de artista, me atraían mucho; sobre todo, los clásicos ehon relacionados con el Zen, en los que la escritura y el dibujo se funden, en el que las letras son dibujos y los dibujos, emblemas. Desde el principio me atrajo también el estilo roto, deshilachado de algunos calígrafos y poetas clásicos. Un día, en una librería, descubrí un libro en el que un autor japonés reunía cien traducciones del haiku de la rana del japonés al inglés. No era propiamente un ehon, sino un libro ilustrado con el texto en tipos. Pensé en hacer lo mismo y reunir cien versiones españolas del haiku de Basho, pero no las había. ¿Por qué no hacerlas yo? Comencé a escribir un cuaderno, un libro con cien páginas en blanco. Ya había escrito dos libros inéditos, “El libro del monje” y “El libro del agente”; el primero, sobre todo, de poesía narrativa, contaba una historia de un monje obsesionado con las mujeres en un monasterio Zen. Lo que salió con la rana fue algo diferente: desde el principio, los dibujos se fundieron con el texto, por lo que en sí no es un libro ilustrado, sino un ehon. Y las versiones comenzaron a salir casi por sí solas. No hay una sola corrección en el libro, para bien o para mal. No hay una línea narrativa, pero sí hay línea mental. A veces, el dibujo era previo, a veces posterior. Muchas, simultáneo. Luego, la rana comenzó a salir de mi estanque y a saltar en el de otros poetas que me interesaban. Fue una rana muy traviesa. La rana era yo y era todos. Yo era rana, era estanque y era ruido. Los demás también. Así era el mundo.

¿Cómo explicarías la perviviencia del haiku y de la literatura oriental a un público que quiera acercarse a ello por primera vez?

El haiku nace del Zen y del humor (el Zen es en gran parte humor). Es una forma breve y humilde en su origen. Luego, se empezó a usar en diarios de viaje, de forma impresionista, como hizo Basho. Pero lo exterior se mezcló con lo interior, como ocurre siempre en Japón, y pasó a describir estados del alma. Que sea breve hace que haya dos o tres o cuatro elementos temáticos solo. Es muy combinatoria, y busca la sorpresa, dejar una sutil huella en el espíritu. Su brevedad es su fuerza. Dicho esto, he de decir que “El libro de la rana” no es un libro de haikus sino de variaciones sobre un haiku. Juega con el fantasma del haiku: la rana, el estanque, el ruido y sus efectos.

¿La literatura oriental atrae hoy día más a un público hipster o a uno más intelectual? ¿No se ha visto perjudicado el talento de sus autores de esas modas, en muchos casos fruto de imposturas, y de una visión estereotipada de todo lo japonés?

Seguramente sí, pero la literatura japonesa siempre ha sido así. Es una literatura desestructurada, sin formas, que huye de lo pomposo y de lo serio, que se identifica muchas veces con los excesos, con lo inacabado, con lo fragmentario, con la falta de algún sentido. ¿Qué se puede esperar de una literatura en la que la poesía mezcla narración con la impresión más honda desde la edad media, en la que las mujeres antiguas escriben obras maestras íntimas en el secreto de sus estancias y sus almohadas, en la que hombres como monjes se recluyen en cabañas cada vez más pequeñas y las llenan de hojas caligrafiadas que ponen a secar en las paredes, en la que los gatos hablan, hay mujeres de arena, hombres que viven en una caja y máscaras que se confiesan? Es una literatura en la que el niño reina, y en la que hay pocos trajes invisibles que todos admiran; en ella, lo sugerido gana a lo dicho. Es casi antiliteratura. Es normal que atraiga a un público hipster como dices, pero también intelectual, y sobre todo a un público relajado, que se deja llevar.

El libro de la rana es un libro anárquico y sorprendente, donde se mezcla el respeto a las fuentes con un acercamiento más heterodoxo a otros referentes, en forma de parodias y homenajes. Yo lo defino muy mal, pero… ¿cómo lo harías tú? ¿Lo calificarías de un libro postmoderno?

Al revés, creo que lo defines muy bien. Es postmoderno un poco en el sentido en el que la tradición nipona lo es desde sus inicios. Es también postantiguo. Yo he abominado siempre un poco de la poesía que quiere ser poesía. Pero a la vez he sido un adicto a la poesía. Si no hay nada mejor a mano, me voy a la cama con un libro de poesía desde la adolescencia. Hay una delgada línea en algún sitio que no sé cómo definir, algo que separa lo natural de lo pretencioso, y esa línea me interesa mucho. Siempre he querido escribir poesía sin ser poeta, o ser poeta sin escribir poesía. La mezcla de la vida y la poesía me entusiasma. Creo que esas dos situaciones son mucho más puras que escribir poesía y ser poeta a la vez. Seguramente es una cuestión de carácter. Disfruto con los momentos poéticos y las minúsculas revelaciones de los rincones del día más que con cualquier poesía. He sido, por tanto, muy irreverente y muy reverente desde siempre con el hecho poético. Y a mis poetas favoritos los cito, les construyo homenajes, y me burlo de ellos sin que me importe una higa.

¿Piensas que las nuevas generaciones cada vez están menos interesadas en la poesía? ¿Ha perdido el poder reivindicativo, incluso revolucionario que tuvo en el pasado?

El poder reivindicativo de la poesía ha sido una breve anomalía de parte del siglo XX. Lo único legítimamente reivindicable con la poesía es el derecho a la felicidad, a la infelicidad, a la locura y a la iluminación.

Como escritor y traductor… ¿cómo encuentras el panorama editorial actual? ¿Crees que vamos a mejor o a peor en cuanto a oportunidades reales para autores noveles?

Creo que los noveles lo han tenido crudo siempre, para publicar. Y los no noveles para mantenerse. Sin embargo, el momento editorial es España es interesante: han proliferado muchas editoriales nuevas e interesantes. Hay editores diferentes, variados. Lo único malo es que suelen apostar más por traducciones que por género nacional. Eso hace que no se cree un canon interno al que apoyar o denostar. No estamos creando mitos lo suficientemente fuertes entre los autores actuales, y es necesario que ocurra. Tenemos que amar y odiar. ¡Editores y críticos, hay que tomar riesgos! El cielo os recompensará. Luego está internet, que es como un océano de promesas y de olvidos.

Tu libro destaca por su carácter desmitificador y su sentido del humor. ¿Crees que va siendo hora de que comencemos a perderle el respeto a los clásicos?

 A los clásicos nunca, nunca, hay que tenerles respeto. Hay que comprenderlos y luego amarlos. Eran hombres y mujeres, son hombres y mujeres, metidos en una tradición, en un río en el que no buscaban otra cosa que sobrevivir. Copiaban, variaban, inventaban y mixtificaban. Cervantes era un hombre que vivió en la frontera de lo marginal, que conocía la soldadesca, el hampa, la burocracia de baja ralea, la cárcel y también las academias de aspirantes a escritor; Baudelaire, un tímido crónico, neurótico y escapista; Garcilaso, un copión. Así podríamos seguir hasta el infinito. Pero se empeñaron en ser sublimes y eso siempre salva. Por otro lado, sus obras tampoco son sagradas. Todo se hace en una época, con unas fuentes, con un público que te aúpa o critica. No me gusta la sacralización de ninguna obra; cualquier obra es comunicación y la comunicación siempre está sujeta a la versión, al cambio, a la mutación.

¿Podrías componernos ahora mismo un haiku sobre Strauss-Kahn y otro sobre Mamen Mendizábal?

 Sobre Strauss Kahn, ya compuso Cervantes algo hace cuatro siglos, una tarde en la que tuvo una visión:

“Apostaré que el ánima del muerto por gozar este sitio hoy ha dejado la gloria donde vive eternamente.”

Sobre Mamen Mendizábal: Pedí el todo y tú lo concediste: 59 segundos.

¿Consideras que el mundo de la literatura y en particular el de la poesía adolece en estos momentos precisamente de ese sentido del humor y de ese espíritu lúdico muy presente en tu libro?

Seguramente sí, aunque hay gente: Ajo. Pero este momento es una gota en el torrente del tiempo.

 ¿Qué fue más difícil: recrear el estilo de las fuentes originales o los homenajes y parodias a autores reconocibles?

Las dos cosas fueron momentos de placer oscuro.

También has traducido las memorias de Kiki de Montparnasse, para Nocturna Ediciones, que me parece también un libro igual de desmitificador con respecto a la idea que la gente tiene de los años 20. Sobre todo los primeros capítulos que hacen referencia a los primeros escarceos amorosos de la protagonista…

Son mis preferidos. La sinceridad de Kiki es grande y los años 20 no salen muy bien parados. Ella en cambio crece.

 Kiki, en mayor o menor medida, era algo así como una groupie. ¿Crees que ha cambiado mucho la imagen de estas chicas desde entonces? ¿Qué diferencias crees que existen entre las groupies intelectuales de los 20, las que viajaban con las bandas de rock en los 60 y las que hoy se cuelan en las fiestas de futbolistas?

Kiki era algo muy similar a una groupie, lo comento en el prólogo, pero era una groupie de Modigliani, Man Ray o Desnos. Kiki no solo quería irse a la cama con ellos; quería ser como ellos. Creo que hay alguna diferencia con ser groupie de futbolistas. Si me llevas a bandas de rock, allí la cosa se iguala un poco. Sable Starr, Marianne Faithfull, tienen parecidos con Kiki. Ahora está Mian Mian… Pero ninguna por el momento ha tenido la candidez y la espontaneidad de Kiki.

De vivir en la actualidad… ¿crees que Kiki aparecería en los programas de información rosa y vendería exclusivas? ¿De quién estaría más cerca: de Nuria Bermúdez, de María Lapiedra, de Malena Gracia, de Sonia Monroy? (no vale decir que de ninguna).

La Kiki mayor, es posible que anduviera por la tele; la joven, nunca. Estaría en youtube, estaría en la red de alguna manera, estaría en lugares extraños o poco recomendables. Pero no vendería nada. En cuanto a lo de estar cerca, me es difícil asignarle una de ellas. Por fuera, quizá se parezca más, aunque muy lejanamente, a Nuria Bermúdez o Sonia Monroy; por dentro, lo ignoro, no he estado dentro de ninguna.

¿Hasta qué punto podemos fiarnos en todo lo que nos cuenta Kiki? ¿No puede haber algo de juego, de divertimento en sus memorias? ¿O por el contrario te parece un manifiesto fiable y honesto?

Los primeros años, me parecen fiables. En los últimos hay demasiada elipsis. Pero Kiki no mentía, mostraba o no mostraba.

 ¿Qué tipo de relación te gustaría tener con Kiki? ¿Qué harías de conseguir una cita con ella?

 Me gustaría haber sido su amante durante una semana; luego, su amigo. La llevaría con mi Bugatti a comprar un cuadro de Modigliani. Elegiríamos el que menos nos gustara; luego quemaríamos el coche con el cuadro dentro en el Bois. Los dos lo guardaríamos en la memoria. Volveríamos andando al estudio tras dar todo nuestro dinero a alguien. Ella iría descalza.

Por último, y esta es una sección habitual en la web, vamos a decirte varios nombres y tendrás que decir lo primero que te inspiran en unas pocas líneas. Algunos tendrán que ver con tu trabajo y otros no.

LUNA MIGUEL Practicante del boca a boca con la poesía. Perita en masaje cardíaco. Masterizada. Ahora debe perder el título.

AMAIA MONTERO ¿La oreja de Donosti o la Concha de Van Gogh? Estoy confuso, ¿me lo contó mientras se hacía la dormida o mientras me lo hacía yo?

AJO MICROPOETISA Desde que acabé la niñez, me ha gustado el ajo. Es sano, huele y ahuyenta vampiros. Si sumo mi soledad a la suya, qué obtengo, ¿dos cabezas de ajo o solo una?

GUSTAVO BUENO Siempre he tenido debilidad por los niños en cuerpos de viejo. No me lo pierdo.

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO Espero encontrármelo por alguna excavación digital, recorriendo un espacio a lo Tron literario. Nos reconoceremos por los cucuruchos helados fosforescentes que llevaremos en la mano. Seremos bytes.

 SARA CARBONERO Apoyada/ en la balaustrada/ elegantísima el alma/ojos de ciervo extasiado/ pasa un segundo en la noche./Y al sentir/cómo le miran/ frunce su ceño/y se separa/ de la balaustrada/ que con la noche/sigue su sueño.

JOAN LAPORTA Apoyado/en la balaustrada/enfermísima el alma/ojos de ciervo asustado/pasa un segundo en la noche./Y al sentir/cómo le miran/fuerza il sorriso/y declara/ que ganará mañana.

TEDDY BAUTISTA “Internauta en tierra” …Y ya estarán mis cuentas/rezumando azul de SGAE./¡Dejadme ser, internautas,/amito del internet!

JOSÉ LUIS GUERÍN Guerín es una excepción cultural, practica el silencio. Solo por eso, lo tiro al estanque viejo, para que haga ruido. ¡Y lo tiro a menudo!

Pablo Vázquez (Santa Cruz de Tenerife. 1979) vive en Madrid desde que tenía 18 años. Durante este tiempo, ha sido fanzinero (Mudhoney, Adobo), colaborador en diversas webs de cine (Miradas, Fanzinedigital) y ha publicado cuatro libros: "El frío de las camareras" (Ediciones de la Librería Cálamo), "Las chicas terribles" (Pre-textos), "Adam Sandler. La infancia infinita", coordinado junto con Roberto Alcover Oti, y "Buena suerte, Belafonte", escrito junto a Ricardo López Toledo. También ha colaborado en los guiones de las películas "Summertime", "Faraday", "Amor tóxico", "El cielo en el infierno" y "Call TV". Después de muchos fracasos personales, dio con la idea de La Paz Mundial con la intención de arrastrar a unos cuantos en su caída. Luego pretende retirarse y ser feliz.

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